17. Goma de borrar

17. Goma de borrar

MEMORIA DE PAPEL

Con el descubrimiento de América los andaluces y españoles, en general, emprendieron la huida hacia un nuevo continente que parecía responder al tópico navideño de año nuevo, vida nueva. Se embarcaban con la ilusión de regresar con los bolsillos repletos de aventuras y de dinero, de batallitas reales y ficticias capaces de engordar la curiosidad de los nietos y los no tan jóvenes. Dando saltos por la historia, el hambre ha campado a sus anchas por las carreteras del Sur sin carné de conducir, con el sambenito diabólico de no tener que llevarse a la boca ninguna esperanza. Mordían los hígados del aire para entretener al estómago, para hacerle compañía a las tripas. Usaban el palillo de dientes para arrancar los retales de vacío de las encías. Recuerdo haber oído historias que claman ante el inmigrante, he comprendido el carácter cíclico del tiempo que tarde o temprano se repite. Si los andaluces tuvieron que buscarse el pan en Europa, fundamentalmente en Alemania durante el siglo XX, los espaldas mojadas cruzan el Estrecho para ponerle zancadillas a la miseria, pero siempre la puta miseria termina enredándolo todo, termina siendo ella la que hace que te derrumbes. No es mi intención volver a comentar la situación de los africanos, sino que pretendo arrojar una lanza a favor de aquellos andaluces que se ven obligados a hacer ruta turística por el interior del país. Muchos sureños han encontrado trabajo en Cataluña y, sin embargo, hay muchos que aún se sienten andaluces. Manuel Pérez Casaux afirmaría que cuelgan sus raíces en el aire a la espera de que el tiempo deshoje los pétalos del pasado.

Quiero denunciar ese terrorismo callado que puede surtir el mismo efecto que el estruendo vasco. Parafraseando a este escritor sólo cabe decir que, mientras los etarras emplean la goma dos, el catalán hace uso de la goma de borrar quitando de en medio todo aquello que suene a españolidad. Antonio Gala supe confesar que: «Compadezco a los andaluces desterrados. Quizás ningún otro hombre se marchite tanto como el andaluz alejado de su cielo original, de su tibieza, de su aroma, de su júbilo y de su sentido exacto de la vida y de la muerte.»