18. La liebre y la tortuga

18. La liebre y la tortuga

MEMORIA DE PAPEL

El dicho de Dios escribe recto en renglones torcidos ha sido mal interpretado por los gobernantes de turno que buscan con descaro ese lado favorable del rostro capaz de dar brillo en los periódicos. Al menos ésa es la estampa que pretenden conseguir. Tampoco me interesa mucho saber a quién compete esta tarea, puesto que sólo importan los resultados. Y a la vista de todos los benalupenses y viajeros que quieran entrar y salir del pueblo se ponen de manifiesto estas evidencias. En un acto de generosidad supina la carretera que nos lleva de Benalup a Medina está en obras. Esa cañada real alfombrada por el polvo y los restos de goma de los vehículos va para largo. Encuentra respuesta en la sabiduría popular que reza: Las cosas de palacio van despacio. Este episodio despierta mi vena infantil que bucea en las sabias historias de los cuentos para niños. Desde pequeño sentí admiración por una tortuga —mejor cabría decir que eran dos—, que desafiaba a una liebre en una carrera al aire libre. Comenzaba la disputa con el pistoletazo de salida y, cuando la liebre ya empezaba a vanagloriarse de su victoria, la tortuga cruzaba la línea de meta en primer lugar. El enfado se transformó en sucesivas revanchas que el veloz animal perdía sin darse cuenta de que era engañado. Había una tortuga situada en la salida y otra a escasos metros de la llegada. En los tramos de carretera sin arreglar se dilucida esta misma aventura. Aparecen varios trabajadores —léase dos tortugas— con dos señales de tráfico (stop y la flecha que nos obliga a avanzar) colocados estratégicamente a ambos extremos del recorrido.

Y los conductores de la paciencia —entiéndase liebres inocentes— aguantan todo el chaparrón de la espera, se sienten engañados por el tiempo y por los responsables mayores de estos episodios. No se comprende cómo se tiende a alargar la lenta agonía de una carretera que suspira eternamente por recobrar su estado natural, mantener estable su buena salud. Espero que los hombres sepan escribir recto con pocas curvas. ¿Qué sentido tiene esmerarse en este trabajo si por esta carretera pasan muy pocos coches? Las prisas son malas consejeras. Vístete despacio que tengo prisa.