20. Un hombre sin nombre

20. Un hombre sin nombre

MEMORIA DE PAPEL

El teocentrismo de la Edad Media promulgaba la victoria de una vida eterna por encima del mundanal ruido. La existencia terrenal se convertía en un disfraz de sufrimiento consistente en ir desvistiendo poco a poco la realidad materialista para alcanzar la esencia desnuda de la espiritualidad. En las postrimerías del medievo empieza a alzarse una nueva concepción del mundo en el que el hombre se erige como el único protagonista capaz de dar sentido al caos de la vida. Este fenómeno se aferra al tópico clásico del Carpe diem, de aprovechar el momento antes de que la rosa de la juventud empiece a marchitarse ya en el Renacimiento.

La conciencia de autor, experimentada en la pluma de clase de don Juan Manuel, va configurando un tercer tipo de anhelo no visto hasta entonces: la gloria, más allá de la existencia física, provocaba enormes deseos de dejar un legado para la posteridad.

El dolor ante la pérdida de un ser querido, como ocurre en Las coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, busca refugio en los brazos multiformes de la vida terrenal, la vida de la fama y la vida eterna.

Desde entonces el ser humano ha sabido encontrar nuevas fórmulas de derrotar al tiempo, ese juez implacable que pone a todo el mundo en su sitio ante el alambre risueño del adiós.

El fallecimiento de Carmen Martín Gaite, José Valente, Rafael Alberti,… ha servido para que todos apreciemos más la vida, aunque algunos tengan el consuelo de zambullirse en esa memoria del papel convertida en el mejor sucedáneo del hombre que aspira a permanecer en la mente de los demás después de su muerte.

Dejo que mi corazón tartamudo reflexione sobre la conciencia vital de su existencia:

La vida se pudre en los escenarios / risueños de los años / y la vejez de la inocencia respira muerte. / Quiero que el actor de mi conciencia / tarde en memorizar / la tragedia de su vida. / Devuélveme, muerte. / No te vayas conmigo, / porque prefiero ser un viejo CUM VITA / que un ilustre POST MORTEM, / un hombre sin nombre / y no un nombre sin hombre.