ANASAGASTI VALDERRAMA, ANTONIO. ARRÍTMICO AMOR

ANASAGASTI VALDERRAMA, ANTONIO. ARRÍTMICO AMOR

En El libro de los gorriones Gustavo Adolfo Bécquer deposita el alma de su pluma y la pluma de su alma en el afán de recordar la memoria de unos manuscritos perdidos por los vericuetos agridulces del destino. Su idea inicial de contar la vida del amor y el amor de una vida se deshace entre las grietas del tiempo. Todas las facetas de una aventura amorosa- desde su principio hasta su final- desfilan por sus versos desde la pasión primera hasta el desamor. Antonio Anasagasti no llega a estos extremos en Arrítmico amor, aunque peregrina por la cara amable del fuego hasta columbrar los sinsabores de la derrota en un in crescendo paulatino que arranca con el sol de un amanecer para descansar entre los escombros de la lluvia.

En sus primeros poemas la amada se identifica con un paisaje vegetal donde la esperanza de la primavera se cifra en el nacimiento de una flor, de una rama o de una hoja, en cualquier síntoma de vida capaz de elevar sus alas al tierno sueño de los sentidos. El alma del poeta bosteza sonriente al mundo como una planta que se abre ante la mirada paterna de un lector: Sonríes cada vez que una rama florece / o rebrota la planta que creías perdida.

La dama se cubre con los alegres pétalos de un otoño encarnado en la selva diminuta de un jardín donde el corazón convive clandestino entre plantas, en la palpitante arena de una playa cuyas huellas se las lleva el recuerdo, cuyo fuego revolotea entre las manos del viento hasta morir en cenizas, hasta descansar en el tacto de la caricia. La memoria se llena de tacto, el tacto acaba en la huella, en una vida presta a escuchar el latido ajeno y propio de la amada. Los sentidos desnudan el alma del poeta. El poeta es antes hombre que poeta. El poeta canta al hombre que se pierde entre los versos. Se hunde en la nostalgia de los mares como islas pensantes unidas a través de la palabra, por medio de la fuerza arrolladora del amor y sus contrarios. Somos islas. Cada uno tiene su mundo y es el amor quien nos libera, quien nos transporta de la esfera del yo al nosotros: Y quise estar sordo / para poderte perseguir / entre el ruido de la gente.

El mar es el sexo. Resulta más cruel abrir los ojos. No duele tanto la ruptura. No duele tanto la herida, sino ese abismo que se nos abre y nos empuja al vacío. El corazón se levanta de tantas caídas que nos sorprende más su capacidad de regeneración. El hombre se siente condenado a las fauces del amor como preso temeroso de ser libre: Mi libertad puede ser mi condena.

En la huida de la amada, ¿qué sería del poeta? Se iría él con ella o perdería el alma, los sentidos en el afán de la búsqueda. Antonio Anasagasti es un clásico que deambula por los caminos del siglo XXI con la habilidad de resultar moderno.

La idea romántica de las tempestades desafía la física de los cuerpos que se mueren en el mar de la calma, mientras que se mueven como pez en el agua cuando arrecia el temporal: Es tiempo de temporal, / de movimientos de amor. Amarse es dejarse llevar, es como un viento suave que nos mueve. Una unión perfecta entre el cuerpo y el alma, entre la razón y la locura: Nos quitamos cadenciosamente la ropa, / aligerando de peso nuestros pensamientos. El amor aparece como caballo desbocado.

Después vienen los rescoldos de la hoguera. El paso de las horas nos deja con el eco de una cama aún caliente, de una ausencia que se hace presente en el fragor de los sueños, en el escenario ficticio de los recuerdos. Primero el amor se hace mar y el mar resulta amargo: La mañana martilleaba / saltando del amor a lo amargo.

En este contexto la noche no responde a las súplicas del enamorado y muda hace mutis por el escenario. El vacío de la ausencia late triste entre las sábanas. Aspira a un amor tan de carne y hueso que queda atrapado entre las garras de la monotonía. El miedo del yo se alza como única bandera. Teme que la amada decida ser libre y acabe tan desamparado que sólo tendrá tiempo para rememorar el equipaje de sus recuerdos.

En el quicio de una ventana se pierden los sentimientos imitando a la caja de Pandora en el que la esperanza, juguetona, permaneció en el borde de la tapa. El amor va decayendo: Hoy la marea apacible se transformó en marejada.

En un día triste de lluvia la gente no reconoce el efecto purificador del agua, el empeño de la tormenta por llevarse el pasado a cuestas, los arrastra evocándolos. Son fotografías en blanco y negro como arañas que penetran en la memoria de sus hilos. La memoria recoge la resaca de un mar que choca y se aleja de la orilla, de un amor perdido entre los relojes de la arena.