ANASAGASTI VALDERRAMA, ANTONIO. SOBRE ALITERADAS ALAS

ANASAGASTI VALDERRAMA, ANTONIO. SOBRE ALITERADAS ALAS

Hay quienes buscan en la rima la música necesaria para el verso. Hay quienes se parapetan entre los muros ciegos de la estrofa para hacer gritar al alma. Otros, en cambio, acuden al verso libre para que el corazón se funda en el papel sin ningún tipo de cadenas, con la enfermiza semilla de la espontaneidad. Antonio Anasagasti juega desde el mismo título de su libro con la aliteración para crear la banda sonora de sus poemas. El tic tac de los sonidos que se repiten a lo largo de Sobre aliteradas alas son fiel reflejo de los latidos de un hombre que late y se desangra palabra a palabra.

Se oye el rumor de la noche en las carnes de un marinero que se pierde a tientas entre los focos intermitentes de las estrellas a la espera de que el sol se derrame sobre las aguas, pues el poeta vive con su entorno y su poesía gira en torno a la ciudad que habita. Cádiz es un acuario donde los pescadores borran sus tristezas con las plumas borrachas del alcohol en las barras de un bar. El vacío es un olvido que nos trae muchos recuerdos. 

Los riachuelos se quedan sin palabras durante el curso del verano y lanzan sus trazos húmedos tras la lluvia de otoño. La memoria perdida se arrastra por los cauces del río. Las lágrimas del agua son tan sólo una época de sequía donde el sapo refugia sus penas camuflado y la libertad de las alas se convierte en la tumba de una mosca.

En Sobre Aliteradas alas el fuego no simboliza el amor, sino la muerte de una naturaleza cantarina cada vez que recibe o sueña con el agua; el levante arruina las últimas almas de los bañistas, el cuerpo fatigado de los alérgicos y lanzan a la intemperie gritos irreconocibles que deambulan desnudos como fantasmas sin abrigo. El levante levanta leves letanías, letras leídas entre los murmullos de la calle, silencios asustados que no paran de agitar sus alas.

La poesía de Antonio Anasagasti abre las puertas al mundo urbano, al asfalto de las discusiones, a los accidentes de tráfico a través de la memoria diaria de unas grúas. El trasiego de un semáforo nos lleva hacia el mundanal ruido de las calles por donde desfilan automóviles y personas en el deambular cotidiano de la existencia. La ciudad es vista a través de los ojos de colores de un semáforo.

El poeta contempla atónito la dura vida de un vagabundo que se acopla en la noche bajo el portal abierto de un edificio cualquiera; la muerte de un almirante cuyas flores ante su tumba corren precipitadas hacia el olvido. El mar de su vida es ahora el cielo de su muerte.

Las edades del hombre quedan encarnadas en la conciencia pesada de un anciano falangista que no tiene oídos que lo escuchen y en la leve carga de unos jóvenes que se niegan a crecer. La mirada del poeta persigue sueños y realidades por medio de los ojos, por medio de palabras que envuelven entre abrazos la ternura. Sus pisadas se entretienen en el rellano del corazón a la espera de que aflore la piedad entre los dedos.

Antonio Anasagasti se deja mecer por la corriente de los sueños, al mismo tiempo que el insomnio despierta en la noche y lleva a cuestas un homenaje a Jonh Keats.