ARAGÓN FERNÁNDEZ, ANTONIO. ASALTOS DE PIRATAS BERBERISCOS AL LITORAL GADITANO DE LA JANDA

ARAGÓN FERNÁNDEZ, ANTONIO. ASALTOS DE PIRATAS BERBERISCOS AL LITORAL GADITANO DE LA JANDA

Cuando uno derrama todo su empeño en una labor que le absorbe todo el tiempo libre del que dispone, lo hace fundamentalmente por amor. No existe otro hilo conductor tan contundente como la pasión que uno llega a sentir por lo que hace. En estas condiciones se mueve Antonio Aragón Fernández cuando afronta desde hace tiempo el sueño, hecho de papel, de escribir la historia más cercana cumpliendo varias funciones: por un lado, recorre el pasado oscuro —por no existir apenas información sobre ese episodio histórico— de la comarca de la Janda con el fin de darle sentido al recuerdo, pues, sólo si conocemos nuestras raíces, seremos capaces de construir un presente digno y orgulloso que nos oriente hacia un futuro mejor.

Y de otro, el libro supone una memoria viva de nuestros orígenes, el paraíso perdido de una infancia que, al evocarla, nos llena los ojos de nostalgia, nos indica quiénes fuimos y qué somos.

Aunque no podemos dejar de lado una visión general de la historia, Asaltos de piratas berberiscos al litoral gaditano de la Janda se circunscribe fundamentalmente al ámbito geográfico de Barbate, Conil y Vejer durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Antonio Aragón menciona dos tipos diferentes de hacer piratería. La forma tradicional de abordaje que uno desde niño ha leído en los libros infantiles en el que los piratas asaltan el barco elegido en medio del mar y el de incursión donde las naves enemigas se adentran en las costas y en tierra capturan botines y personas para pedir luego un rescate. Éste último es el más común en nuestras costas, pues inculca el germen del miedo en la gente hasta tal punto que este veneno puede ser un factor determinante para que ciudades como Barbate no se hayan desarrollado antes.

También apunta Antonio Aragón un hecho significativo: la expulsión de los musulmanes y judíos decretada por los RRCC obligó a un sinfín de españoles a dejar sus casas, sus cosas y su patria sin un lugar que llevarse a la boca, náufragos en el norte de África en una zona tan extraña y desconocida para ellos como para nosotros. Si en las vacas flacas, las sierras se vieron salpicadas de bandoleros que sobrevivían por medio del saqueo, los árabes y judíos expulsados, conocedores de nuestras tierras y nuestras fronteras, desempeñaron la función de brújulas para guiar a los piratas hacia nuestras aguas, se alzaron como unos bandoleros de mar que atacaban nuestra resistencia con el aguijón comprensible del rencor. El enemigo se encontraba en casa y lo habíamos subestimado, pero no debemos cargar todas las tintas sobre ellos, pues para la mayoría este modus operandi fue el único recurso y reclamo que tuvieron para taparle los ojos al hambre, al abandono. Sin darse cuenta los turcos contaban con un aliado más útil y poderoso en cuanto la desesperación hacía mella en sus vidas.

Los rescates cada vez se alzaban como una carga difícil de asumir por el ducado y la corona, como dos monedas carentes de valor, de modo que, para proteger el beneficio de las almadrabas, pensaron en medidas de defensa que siempre toparon con las caries del tiempo en sus muros y con la falta de recursos económicos. Los castillos y las torres cimentaron un mundo de princesas que vivía de espaldas a la realidad. Antonio Aragón Fernández ha convivido con la literatura para contarnos los arcanos de la historia, un mundo perdido que entre la niebla se vislumbra real. En otros términos podríamos confesar que escribiendo historia uno puede construir puentes hacia la literatura.