ÁVILA CABEZAS, MIGUEL. ANFA

ÁVILA CABEZAS, MIGUEL. ANFA

            El periodista sabe a ciencia cierta que al público en general le interesa más el rumor amable de la calle cercana que la orilla lejana de un mundo exótico, pues el pulso de la vida desde la distancia apenas se oye y el eco tozudo de la intemperie se cuela por el quicio de la ventana sin que podamos hacer nada por evitarlo. Miguel Ávila Cabezas vive actualmente en Casablanca, de modo que es capaz de conjugar el exotismo de la ciudad marroquí con la sensibilidad de un granadino que no pierde sus raíces árabes, sino que va de cabeza a su encuentro.

Buscando las miserias de Anfa, reconoce en el camino sus propias miserias; paseando a orillas del mar, su alma se transforma en una ola que va y viene sin descanso, que huye persiguiendo sus propias huellas. 

Miguel Ávila Cabezas se refugia en el espejo de unos ojos femeninos para afrontar el devenir de los sueños. Coloca un pie al otro lado del arroyo y cruza las frías aguas del presente para arrostrar la muerte con la venda amordazada del amor. No hay más ciego que aquel que solo ve la vida como un viaje a ninguna parte. No hay más silencio que aquel camino que se cruza en solitario.

Vana imagen sin cuerpo recorre el aullido de las noches sin sueño, el paso de las horas que solo tienen memoria de la muerte y la nada como espejo detrás del cual asoma la vida. Miguel Ávila se concentra en la frontera de los sueños como vía de escape para sobrellevar el presente, para olvidar que el barquero nos espera impaciente en nuestra propia orilla. Quizá pueda salvarse en un poema o, siendo más realista, el poema o un verso pueda salvarlo a él.

Humo recoge la niebla de las ensoñaciones por las que se perdería con gusto el poeta. Se identifica con un paraíso inmune a las caricias del dolor y de la angustia, con una puerta de salida donde uno puede huir sin ser visto y desde la distancia contempla el vacío existente entre la corteza de las palabras, el reclamo de olvido que encierran las aguas del mar y el bufón de la calle que encarna todo niño desvalido que busca desesperadamente el precio de la muerte en una patera o bajo los bajos de un camión.

Miguel Ávila lucha contra el tiempo con el escudo del Ubi sunt donde la infancia se entretiene entre las cadenas de los signos de interrogación, donde el poeta trata de buscar entre las sombras la luz que lo ciegue del todo o le ilumine el camino. Siempre en busca de la luz, siempre en busca del camino.