ÁVILA CABEZAS, MIGUEL. LA CASA DEL AIRE

ÁVILA CABEZAS, MIGUEL. LA CASA DEL AIRE

Miguel Ávila responde a la fórmula TATUAJE REFLEJADO EN EL FONDO DE UN ESPEJO, puesto que en cada libro emprende un doble viaje: uno hacia adentro, otro hacia afuera. Es capaz de escribir para conocerse un poco más, para sumergirse en un interior propio desconocido y también asoma la cabeza hacia el exterior, es decir, como poeta se convierte en un observador que no pierde detalle de nada que lo rodea, se entrega a los demás haciendo uso de todas las experiencias que la vida le pone en bandeja. Un tatuaje desempeña un papel externo que, al impregnarse de fuego en la piel de cualquier persona, comienza a formar parte de uno mismo, mientras que un espejo tiene la virtud de reproducir la realidad de manera inversa, un mundo al revés, el de un escritor que bucea en los abismos de su alma para darse a conocer. Miguel Ávila se describe como un hombre común que sólo pide un papel en blanco para anotar su biografía en un universo en el que se adentra pidiendo paso con modestia. Ya no es ese joven que en palabras de Jaime Gil de Biedma quería llevarse la vida por delante, sino que es consciente de que el único argumento de la existencia es envejecer y morir. Por esta razón pide permiso a gritos de palabra desgarradora: En verdad pido poco: / jurar puedo que sólo un buen vaso de vino / o un par de alejandrinos también. La casa del aire retrata la paradoja vital de un hombre que sabe conciliar el sueño con la noche, el contenido con la forma, lo intangible con lo tangible, lo etéreo con lo material, la vida con la muerte, el compromiso con la literatura y, en definitiva, la vida con la poesía, o lo que es lo mismo el aire con la casa, la casa con el aire. El lector se adentra en una casa con 5 estancias y un recibidor inicial en el que el poeta planta con palabras un retrato, su propio retrato donde se muestra disconforme con los siguientes versos de Pedro Salinas: Para vivir no quiero islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta vivir en los pronombres! Miguel Ávila Cabezas trastoca un tanto la voz del maestro cuando afirma: … (para vivirme no bastan —insisto— / los pronombres) / sino en ir hacia atrás con la cabeza puesta / en la frágil certeza / de que pueda llevarme a ningún sitio / y en un sueño postrero me despeñe / con todo el equipaje. Puede que nuestro poeta aspire a ir más allá de los nombres, que no busque sustitutos, sino que se lance más allá de las palabras en busca de un sueño o una canción o un poema que le dé sentido a su existencia. Entronca con la fase juanramoniana de eternidades: Inteligencia, dame / el nombre exacto de las cosas! / ¡Inteligencia, dame / el nombre exacto, y tuyo, / y suyo, y mío, de las cosas! Se tira al vacío sin ningún as en la manga, con las cartas abiertas a los ojos de todos, con el riesgo de caer de bruces desde la cima a la sima, pero con la conciencia tranquila y con la esperanza intacta, puesto que, si fracasa, le queda el consuelo de haber fracasado, de aferrarse a sus objetivos con el alma en la mano, mejor dicho, con el alma en la pluma y con la pluma en la mano. Siente la necesidad de recibir el calor de un verso o de un beso apasionado. Es un caso perdido que se encuentra continuamente en el espejo del papel: Yo / que de ambiguo me quiebro en un abrazo / de místicos cardanchos / y al final me revelo como un caso perdido: como un mar al revés, como un cielo de plástico. Miguel Ávila Cabezas traza su propio camino a la manera machadiana, deambula por el estrecho sendero de una existencia que no conduce a nada bueno, que nos arrastra y nos obliga inexorablemente a llevar a cuestas el equipaje pesado y leve de la memoria donde la muerte no supone, en absoluto, mojar la cabeza a orillas del olvido, sino la certeza de haber vivido, de soportar en nuestras carnes el látigo constante del tiempo. Un tiempo de carne y hueso que vive y muere en el recuerdo, capaz de alcanzar la nada que ya es algo.

La primera estancia de La casa del aire guarda en sí misma la herida traicionera de un balcón expuesto a los caprichos del tiempo. La frialdad de este puñal de hielo queda contrarrestada con el rumor del mar que se oye ante el silencio de la noche. No hay muerte más digna que la de morir en los versos de uno mismo: Mira mis ojos: ya me muero. Este desenlace no es más que una forma sutil de decir que uno está vivo y la sangre se agolpa y se abalanza contra nosotros como un volcán que rinde cuentas a la misma tierra. Es entonces cuando: Arde el mar. Calla el viento. Miguel Ávila Cabezas se sumerge en los pliegues de la metaliteratura para homenajear a sus héroes literarios hasta rozar una versión novedosa de la poesía social. Dignifica el pasado y el presente. Hace guiños al héroe mítico de El poema de Mio Cid para acercarlo aún más a su vida cotidiana: Prestos marchamos sin perder el paso / a devolverles / su dignidad de siglos arrancada / entre valles y quebradas. Evoca el recuerdo de sus lecturas para que, con carácter didáctico —ahí se deja entrever al profesor de literatura— cualquier lector pose sus ojos y se asome a Potocari, Tuzla, Sarajevo… Denuncia los abusos de la humanidad, mal llamados humanos, con el fin de: conseguir detener el dedo en el gatillo / para entonces ganar el universo entero. La Celestina camina en pos de su muerte junto al arcón común donde florece el sueño dormido de los mortales con el propósito de desenterrar el olvido para que nos cuente todos sus secretos, con el propósito de escuchar atentamente el grito callado de una memoria viva. Allá en la historia de la literatura se sumerge haciéndole cosquillas a la pluma, en su tronco, a la espera de que los frutos del árbol del bien y del mal planten de palabras nuevas los antiguos sentimientos. Miguel Ávila escribe estos versos para esos recuerdos que nunca se olvidan, para esos olvidos que sí se recuerdan. Así aparece el poeta comprometido que fustiga con sus armas, la poesía, el atropello desvergonzado y vergonzoso de quienes pusieron fin a la vida de Miguel Ángel Blanco: Y en la sombra cobarde del silencio / se ampararon todos. El blanco de sus críticas apunta directamente hacia aquellos que no creen en la palabra, sino en la llamada de la sangre ajena. Ante este caos existencial al poeta no le queda más remedio que disparar una bala en detrimento de la raza humana: Ya es demasiado tarde para gritar: ¡He muerto!

En Trances de amor el poeta sobrevive gracias al fuego latente de un corazón desparramado entre las hojas secas de la muerte. Su derrota es una palabra envuelta en el celofán de las sensaciones, en el cajón sensible, que no sensiblero, de una manzana roja que late por el hambre de amor. No cree en los finales felices de las películas porque, después del último beso de los amantes, oculto tras el telón de fondo, a los personajes les espera la rutina, a la que tarde o temprano termina cayéndosele la T, según Juan Bonilla; a los hombres les esperan los gritos sin oídos que acojan sus peticiones. No podemos detener las películas en el instante final, en los momentos de las perdices felices, puesto que nos lo impide el tiempo. Como botón de muestras baste citar a Rafael Guillén: Todo lo bello es triste mientras exista el tiempo. La única forma de escapar a las garras intangibles del tiempo es el reloj de arena de un cuerpo entregado al sol de una pasión: Dame la miel de tus labios / para probar con ella mi nombre / en tu sepulcro. Miguel Ávila Cabezas canta la soledad del poeta en el silencio del verso donde todo es mentira y uno finge que el amor es el báculo que sostiene la palabra y los sueños se alzan como el escaparate propicio para huir de las adversidades y la sangre se agolpa al ritmo de la rima, al ritmo del ritmo: Yo me aferro, / como náufrago ciego y sin mar / en el que hundirse, / a la oquedad del sueño. Sin embargo, añado yo, los náufragos sin mar sobreviven.

En lo nunca visto Miguel Ávila Cabezas anima al hombre a que escuche las palabras de Jorge Manrique: Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte, / contemplando / cómo se passa la vida; / cómo se viene la muerte / tan callando. Se muestra dispuesto a derramar retales de su propia alma en cada palabra. Se deja guiar por la brújula de los latidos hasta palpar con las manos llenas la desesperanza y nada sobre las aguas de una esperanza tan impaciente que, negando el mito clásico, huye de la caja de Pandora. Es preferible que mueran los cobardes con pinta de valientes y vivan los valientes que tengan miedo ante el mundo, pero que no tengan problemas a la hora de reconocerlos y a la hora de arrostrarlos. Confía en que el hombre mueva un dedo por su semejante. El poeta debe ser alguien tan comprometido como para seguir al pie de la letra la expresión de entregarse en cuerpo y alma. Miguel Ávila llega un poco más lejos y se entrega en cuerpo y alma, y en palabra.

En la última palabra el autor se lamenta del andar pasivo de los seres humanos que no hacen nada ante la evidencia de que se están destruyendo a sí mismos. Da rienda suelta a la mirada tierna de un niño que huye del olor a muerte fundido en el aire. Miguel Ávila Cabezas proclama a los cuatro vientos que las palabras no matan y que, por lo tanto, las usemos. Aún sueña con un mundo en el que las balas disparen a las escopetas. Tiene tiempo y memoria para recordar a las víctimas del terrorismo en todas sus acepciones, a las víctimas de la sinrazón de la fuerza y a las víctimas de una razón descafeinada de ideas. Tiene tiempo y memoria para recordar a Manuel José García Caparrós, herido por una bala perdida cuando se manifestaba en favor de la autonomía andaluza allá por el año 77. Así el poeta se ve abocado a escribir una canción de cuna para un cadáver, el hombre. La noche y la muerte son dos personajes de la geografía particular de Miguel Ávila Cabezas que destiñen el sueño alado de un hombre vestido con la túnica raída del tiempo y de la desesperación. Está tan desesperado que encuentra la esperanza en cualquier destello lírico que alumbre un corazón atormentado. El hombre, en su perdición, aparece contaminado por la voz silente de unas reglas y unas normas establecidas sin poner en entredicho las mentiras ya admitidas. El poeta decide desmarcarse de esta farsa y late en él el consuelo: de este triste cadáver que se busca / eternamente en la ceniza.

La última estancia de La casa del aire titulada visión del fin lleva el pesimismo hasta sus últimas consecuencias. Miguel Ávila tiene presente en todo momento a la figura de su padre, un hombre bueno, a fin de cuentas, que halló la muerte como cualquier ser humano. Miguel Ávila Cabezas toma como referencia Las Coplas a la muerte de su padre, en el que Jorge Manrique divide su corazón en tres gritos. En primer lugar nos hace reflexionar sobre la vida, sobre la muerte y sobre el tiempo. Parte de lo general a lo particular. En la segunda parte acude al tópico del ubi sunt, dónde están, qué ha pasado con la historia y sus despojos. Miguel Ávila tantea este tópico de una manera personal y no es extraño verlo dialogar de tú a tú con el Cid, adentrarse en los lances de amor de La Celestina o recoger el equipaje pesado del pasado sobre su maltrecha espalda. Finalmente, Jorge Manrique da rienda suelta a sus sentimientos, nos ofrece su lado más humano: el amor a su padre. Miguel Ávila Cabezas parte de lo particular para morir en lo particular, de un retrato personal, de su casa hasta terminar con el recuerdo profundo de su padre, en la nostalgia de una muerte que aún vive en la memoria. La casa del aire presenta una estructura circular en cuanto al contenido. Hay que entender que la poesía no supone un diálogo del autor consigo mismo, tampoco pretende establecer un diálogo en exclusiva con los lectores, sino que son sus poemas quienes se toman la libertad y la molestia de poner en contacto a estas orillas opuestas de un mismo río. Realmente es el poema quien dialoga con el poeta y con los lectores. Aunque resulte paradójico —el libro encarna mejor que nada y mejor que nadie la paradoja existencial del hombre—, me llama también la atención la capacidad de diálogo que sugieren sus poemas: diálogo del autor con sus personajes, diálogo de los personajes entre sí y diálogo del autor y sus personajes con los lectores y cada día más convencido con los oyentes. Vuelve siempre al mismo punto de partida, porque lo importante no es el recorrido, sino el bagaje que ese camino machadiano aporta al cuerpo y al espíritu, a la casa y al aire: lo advierte claramente este cantar: / Queda mucho por hacer y otro tanto por callar.