ÁVILA CABEZAS, MIGUEL. RESTOS DE TEMPORADA (TODO A CIEN)

ÁVILA CABEZAS, MIGUEL. RESTOS DE TEMPORADA (TODO A CIEN)

No me suele ocurrir, pero a veces sucede. No me suele pasar con casi nadie y quizá sea lo mejor que uno puede decir en relación a un libro que se ha leído, pues la lectura de los poemas de Miguel Ávila Cabezas me anima a escribir, como si entre sus versos y los míos, a pesar de que responden a un estilo bien distinto, hubiera un clima de complicidad del que no había dado cuenta. Restos de temporada (Todo a cien) es un poemario que sacude las conciencias por medio de unos poemas breves que ocultan de forma clandestina el dardo envenenado de la verdad, de un mundo tan fugaz que apenas cabe en un libro. Son poemas tan cortos como la vida que cruza por nuestras existencias con tal urgencia que no hay forma de retenerla salvo en la memoria colectiva del papel bajo la mirada atenta de la nostalgia. Son estampas cotidianas que esbozan el sabor marchito de la experiencia, que salen a relucir de modo espontáneo sin que sea necesario recurrir a ninguna cerradura, ya que toda puerta que se abre a la fuerza pierde la contundencia de una fruta madura dispuesta a caer por su propio peso. Así concibe la literatura Miguel Ávila como un pensamiento pulido en las entrañas del recuerdo que ya no puede mantener los ojos ciegos al silencio, como una sombra propia que decide emprender un camino distinto al de su cuerpo, como un perro que lame las heridas del tiempo en la orilla del olvido.

Todo a cien representa el árbol de la vida en un otoño donde las hojas van esparciéndose por todas partes y la labor del poeta es ir recogiéndolas como un álbum antiguo que encarna los valores de uno mismo, que nos define por lo que recuperamos y por lo que dejamos en el tintero. Somos lo que somos por aquello que decimos y por aquello que callamos.

No es de extrañar, no obstante, que un descreído como Miguel Ávila necesite la presencia de Dios como el eco narcisista del hombre por vencer a los años. No hay mejor forma para sobrevivir que entregarse al afán de inmortalidad. El sueño es otra vía de escape capaz de hacer más llevadero los sinsabores del presente, pues el futuro deja de existir en cuanto se nombra y el pasado es el único espejo que nos devuelve la mirada. El mar nos recoge con sus olas de bienvenida, nos trae un paisaje conocido desde niño en el que nos podemos refugiar de vez en cuando y el amor nos recuerda que, a pesar de todo, la vida sigue teniendo sentido.