ÁVILA CABEZAS, MIGUEL

ÁVILA CABEZAS, MIGUEL

La trayectoria literaria de Miguel Ávila Cabezas arranca con una trilogía encabezada por Fe de vida (1998), seguida de Aguas salobres (1999) y acabada con Huellas de sombra (2002). Ya desde sus primeros libros se aprecia cómo el deambular de su existencia corre paralelo al trabajo de orfebre de las letras. El poeta se define como un devorador de libros que lee con sus ojos las páginas no escritas de la vida. Se sumerge en el río de la conciencia con el fin de agitar sus aguas tranquilas, con el afán de que el torbellino de los sentidos descanse de una vez en el papel, del mismo modo que el hombre sueña con vencer al tiempo. Literatura y vida se comunican entre sí como dos personajes que dialogan sobre sus necesidades, como emisores y receptores de un pensamiento que se convierte en palabra. No son dos mundos diferentes, sino fases de un mismo recorrido que presenta tres escalas:

En un primer momento se produce la afirmación del hombre en la tierra como un alma en pena que a veces juega con la ironía para soportar el peso enorme de la angustia, de una muerte disfrazada de sombra o de nada que acecha el río alborotado de la soledad. La razón nos llena la boca de sinsabores y los sentimientos se perciben como un ángel de la guarda que pretende arrancarnos de vez en cuando una sonrisa marcada por la cueva sin luz del dolor en un mundo en el que Prometeo sigue encadenado y el hombre parece no tener escapatoria. Miguel Ávila parece confesarnos que Dios no existe, pues si existiera, el hombre no arrastraría con tanta amargura sus cadenas. Es el camino de Fe de vida.

En segundo lugar, el ser humano se entrega a la búsqueda de sí mismo y se disfraza con los ropajes que nos ofrece el entorno, el paisaje de hojas muertas que va delimitando nuestras fronteras como cadáveres cuyos fantasmas aún pueblan la memoria. Aguas salobres, aunque no lo es, podría ser Salobreña empapada con la tinta del corazón, ciudad de la costa granadina que ha acogido al poeta durante muchos años. Pero es algo más: la corriente del mar que nos empuja hacia adentro, hacia nosotros mismos y la orilla de un espejo que nos devuelve una imagen nuestra que nos parece lejana, las olas de un pasado que nos refrescan o nos aturden para siempre. En la arena nos deja la memoria de sus maestros poetas, Quevedo como cabeza visible, el viento acariciador de sus hijos, los bolsillos llenos de ausencias tras pasar unos días en Lanzarote, un sueño maniatado por el tiempo que critica con dureza la realidad en la que vive.

Todo caminante que emprende el viaje anhela alcanzar su destino, un final que nos deja el mal aliento de los recuerdos podridos en las aguas estancadas de los años, un pesimismo vital que, a pesar de ello, no niega la vida, sino que la afirma por medio de la palabra. Son huellas de sombra que se pierden en los recovecos del camino, se nos quedan entre los dientes sin que podamos digerirlas.

Nuevo refranero universal (2002) es un libro de ingenio en el cual el poeta da rienda suelta al papel lúdico de la escritura, pero no nos engañemos, tras el tamiz de la risa, las verdades nos abofetean como puños. Miguel Ávila Cabezas reproduce el principio de un refrán y lo reformula a medida que van cayendo los versos. Da una vuelta de tuerca más a la sabiduría popular, a las tradiciones que la sociedad nos impone sin que podamos pasarla por el filtro de la crítica.

La casa del aire (2003) deja a un lado el tono popular de su refranero y se adentra en un verso mucho más profundo y sereno, más rebelde y calmado como si el tiempo hiciera de las suyas y el poeta clamara justicia. La casa del aire supone un intento vano de poner cadenas al alma, de fundar un cuerpo capaz de darle cobijo. El espíritu, el aire, no admite ataduras de ningún tipo, pero ha de ponerse a veces el traje de su esqueleto. Los sueños se despiertan insomnes en mitad de la noche sin apenas probar bocados de realidad y se chocan de bruces con el mundo. No es que el poeta se considere un soñador, sino que su concepción vital no encaja con el mundo en el que vive y se ve abocado a gritar a los cuatro vientos las injusticias que contempla a diario. El alma es tan libre que sólo se acoge a duras penas a la cárcel del poema, único refugio posible donde el poeta pretende detener el reloj del tiempo.

Loquinarias (2004) retrata la soledad de las verdades a través del filtro de la ironía y el humor. Son poemas que coquetean con la prosa, que le hacen guiños a las greguerías de Gómez de la Serna y se apartan de su lírica anterior. Sin embargo, comparten la locura por la palabra como arma de denuncia, el ingenio antiguo de Quevedo por desvelar los dobles sentidos, el dolor retorcido de un epigrama. No olvidemos que la poesía de Miguel Ávila Cabezas camina casi siempre a dos patas: realidad y deseo, como ya afirmó en su día Luis Cernuda.

Que la poesía de Miguel Ávila Cabezas sigue un rumbo bien marcado desde sus comienzos es un hecho irrefutable. En La casa del aire la elegía campa con la serenidad de quien acepta las cartas del juego y brota del corazón, como el fruto de un árbol, unas frases contundentes dedicadas a la figura de su padre. El poeta acude a la prosa para digerir la ausencia, para escribir la biografía de sus sentimientos. El verso se encuentra tan dolido que estalla de amor en el papel. En Un viento clandestino (2004) es la madre quien cierra el poemario, una memoria de palabras que desgarran el folio sin necesidad de gritos estridentes. Es la forma más eficaz que halla el escritor granadino para luchar contra el olvido, contra esos fantasmas que calzan unas sábanas tan amarillas que adoptan el atuendo del cuaderno en blanco para renacer de nuevo. La vida es un viento clandestino que nos maneja a todos, que se encierra en la casa hasta alcanzar la conciencia, que ya ha alcanzado los cincuenta.

Miguel Ávila Cabezas afronta sus más de cincuenta años sumergido en Mas no desotra parte (2007) como si fuera un niño que se adentra en las calles juveniles de la infancia, con la luz del sol detenida por el frío de la ausencia. Se siente como actor de su propia vida y anhela la capacidad de ser otro en cada instante, le pide a Dios que se apiade de los más necesitados, de un alma que va derramando verso a verso como latido que se oye en el papel con solo acercar el oído. Se oculta bajo el manto tierno de las palabras para derrotar al fantasma de la soledad y arrancarle una sonrisa a la vida. Acerquemos el oído y dejemos que hable el poeta, pues el silencio es una manera indigna de morir.