GARCÍA LÓPEZ, ÁNGEL

GARCÍA LÓPEZ, ÁNGEL

Ángel García López nace en Rota en 1935 y forma parte del llamado Grupo del 60 para algunos críticos, Promoción del Príncipe debido a que el príncipe de entonces introdujo la novedad de recibir a los Premios nacionales de literatura —Ha ganado los mejores premios de poesía del panorama nacional: El Adonais, El Nacional de la Crítica y El Nacional de literatura— o Los Innominados o Promoción sin nombre que se deduce de unas palabras del mismo autor: “No tenemos nombre”. Sin embargo, las etiquetas no sirven nada más que para facilitar la labor de los estudiosos que, en su afán de encasillar el mar, no se dan cuenta que los poetas son seres libres en busca de un camino propio, en busca de una huella o gesto que los haga diferentes. En términos parecidos se expresa el poeta: “Ir solo en el viaje, como el águila. Dejar para los otros el grupo y el rebaño. Nuevo Ulises, ser sordo a las sirenas. Las modas son caducas, los modos permanecen”.

Ángel García López es un poeta preocupado por la forma, por la manera de decirse en el verso, es un poeta que huye de los extremos y siempre degusta el término medio. La poesía no debe ser muy clara porque más que decir debe sugerir, invitar al lector a que lea y sienta con el autor, pero tampoco puede perderse en laberintos de oscuridad que sólo estén al alcance de quien se escribe a sí mismo. Es una fruta que hay que saborear, es una palabra que hay que paladear detenidamente, sin que las fauces del tiempo se echen encima de nosotros, sin que las horas tengan importancia y mueran en la orilla del primer verso. De este modo se comprenden con facilidad las siguientes palabras: “No ser hermético ni, menos, transparente. Creer —sólo lo justo— que el poeta cuanto más oscuro más llega a lo divino. Guarda siempre el secreto bajo un tul ligerísimo. Déjalo que ilumine y cueste su captura. Que jamás la manzana de una vez sea mordida”.

Con estos parámetros se va configurando el mapa poético de un autor que en 1963 da a la luz su primer libro titulado Emilia es la canción. Este poemario oscila entre la geografía del sur y la meseta castellana. El poeta se hace camino al andar en un paisaje que le aferra a la tierra castellana. El poeta emprende el viaje de una vida más apegado a la tierra que a los sueños, sueña con su tierra, con ese corazón que late para los humanos. Sale del Sur hacia Castilla en busca de un amor juvenil que le cante en la noche. Retorna a los temas principales de la literatura española, cruzando la puerta sin que nadie os vea. Es una llamada al amor, es una canción que el poeta se canta a sí mismo, deshoja las hojas de un sentimiento. En este sentido, afirma: “Piedra que, de subir, se hizo hiedra”. La piedra se enternece, conoce las anécdotas milenarias de la historia y es una memoria viva que se funde con la naturaleza, es una naturaleza viva y no muerta, es la cáscara de un corazón que se desmaya en el recuerdo de la historia. Tierra de nadie (1967) toma el pulso a la añoranza de lo perdido y la nostalgia se va haciendo su propio hueco. Antonio Domínguez Rey señala que: “El amor será siempre un amor real. Y por él hasta se hacen habitables los lugares que recorre. La geografía se multiplica en amores”. Es el paradigma de una belleza muerta que intenta recuperar, al menos, entre las manos de unos versos. La tierra vive y los hombres pasan, caminan dejando tras de sí el polvo desmemoriado de la belleza, esa infancia que ya no vuelve. Dejemos que sus versos hablen por sí mismos: “Como un río que desemboca, y nace, en plena mar. La tierra es un parto diminuto del corazón”. El milagro de la vida se anuncia de forma pomposa, se asoma a su casa huyendo de las sombras que son partículas de olvido. De aquí en adelante su poesía se irá vistiendo con estos ropajes, se irá abriendo a la naturaleza, a una vegetación siempre viva que ha de luchar contra el hombre. El mar se alza como testigo mudo de un silencio que se deja oír como la música sosegada de las olas en la orilla. No olvidemos que el poeta es del sur, es del mar. Ya el latido de la muerte se empieza a escuchar desde lejos, desde la cercanía del verso. Y las manillas del reloj de la vida no se detendrán jamás. Viviremos con el consuelo alentador de que: “Siempre será selva nuestra memoria”, salvajemente libre y terriblemente humana. Su poesía es un invierno que da al exterior, pero que se convierte en verano por arte y gracia del amor. No importa que la lluvia nos cante en la calle, en la intimidad de una casa, tu presencia es sol suave de mayo.

Ángel García López podría decir que a nadie y a nada fue tan fiel como al tiempo, siempre expuesto a la marioneta de sus caprichos, al antojo de un presente continuo que no es más que el polvo derramado de un pasado reciente. A nadie y a nada fue tan fiel como a ti, cronómetro cruel, sin poder hacer nada por evitarlo, salvo vivir intensamente, derramar cada segundo de vida como si fuese el último. Sólo le sostiene un doble consuelo: la lucha diaria con la tierra que lleva adentro: el Sur, y la intrahistoria íntima del autor. El encuentro con un narciso reflejado en las aguas cristalinas y ajenas del niño que ya no es y que fue en su momento el poeta. Se adentra por los vericuetos de la escritura, por el laberinto de la juventud, ya perdida, que reclama su espacio y su tiempo muertos. El autor posa sus ojos en el pasado en el que el olvido no muere, sino que resucita, aunque deja un poso de nostalgia y melancolía donde la noción de paraíso perdido queda difuminada, aparece difusa entre la niebla de la historia, bajo el humo de un reloj de arena, sobre el polvo de la tierra amada, entre el rocío de una lluvia de lágrimas, junto a las cenizas de alguien que canta a la muerte porque se siente vivo. Camina por una tierra amada y deja tras de sí una tierra removida, un corazón lleno de polvo o de nostalgia.

Ángel García López se siente andaluz y por su tierra se desvive. Consigue que la historia de España se convierta en una intrahistoria personal de andar por casa: “Granada ya ha caído, y es mi cuerpo quien cae”. Sale a flote la conciencia de que el tiempo acaba con nuestra historia, de una historia que el hombre en su presente está destruyendo. Cada verso recoge pétalos moribundos de una belleza perdida en la memoria, una verdad cantada a los cuatro vientos que de vez en cuando emerge hacia el presente: “El sur es del tamaño de una alcoba muy blanca donde apenas si cabe sólo el llanto de un niño”.

Vuelve la vista hacia atrás para tropezarse con otro yo mucho más joven que él y en el cual ya no se reconoce. Dialoga consigo mismo y hoy espera dialogar con todos ustedes, con el orgullo intacto de su origen y sin bajar la acera en ningún modo, sino haciendo que el otro suba.