GODOY, JARO. LA ESPADA DEL SILENCIO

GODOY, JARO. LA ESPADA DEL SILENCIO

Los poetas no se caracterizan por decir las verdades, sino más bien por sugerirlas, implicando de lleno a los lectores en ese entramado confuso que es la vida. ¿Y cómo recibimos las sugerencias? Es muy sencillo si tenemos el oído presto a escuchar entre líneas, a mirar las sombras que las luces alientan para sentirse trascendentes, a interpretar los mensajes más allá de su contenido. Tenemos que acostumbrarnos a leer la letra pequeña o aquella que no aparece, pero se intuye, pues la lírica camina a gusto entre intuiciones. Así se presenta Jaro Godoy con La espada del silencio, callando más de lo que dice. El título se aferra a la idea de que el silencio nos duele más que la palabra, como una daga que se cuela en nuestras entrañas, como un grito que nos rasga los oídos, como una soledad de sombras que late al ritmo del poema.

El poeta se sumerge en el pozo sin fondo del tiempo para morderse una palabra, para tejer las telarañas del olvido, para conocerse ciego en el hambre infinita del amor. Se traga sus propios recuerdos como caníbal que se va consumiendo poco a poco: Ay, Buenos Aires, dolor de infancia.

El poeta juega con las horas bajo la triple esfera del presente, del pasado y del futuro. Es un adicto al verso que necesita la escritura para sentirse vivo, necesita matar el cuerpo sin vida de la nostalgia como hoja de otoño moribunda en el suelo. Es entonces cuando salta a la palestra la doble moral de la tarde: como cementerio del día pasado sucumbe ante las cenizas del fuego; como sueño en fuga, yace ante los brazos de la noche: Y se enamora la madrugada de una copla que llora en silencio.

Y entre sueños el amor se encierra en los barrotes ciegos del poema con la esperanza de que asome sus tiernas alas cada mañana, con el afán de desnudar el pecado de la primavera. El aliento de la muerte se escucha de cerca, duerme bajo el olvido de la nube cuando el sol se decide a pintar su propio arco iris en una tarde de lluvia donde los besos lloran las heridas del corazón, donde las caricias del viento se acuestan sobre el verso, sobre el cuerpo femenino del deseo, sobre el recuerdo en claroscuros de los inviernos: Desmantelando inviernos a la sombra de antiguas soledades. El poeta ha muerto tantas veces en el papel que ya no es más que un misterio, el estribillo triste de una canción que todos hemos cantado. El misterio se quiebra entre los silencios y los suspiros de la naturaleza donde el viento o los ruiseñores entonan las nanas cansadas de la memoria: Atando los vientos en el lamento herido de un poema inconcluso.

El poeta es un fumador activo que sólo recuerda el sabor de sus colillas. En el verso colean las colillas del naufragio. Entre los vericuetos imposibles del versículo se desviste el alma del poeta, entre las garras de aire de la luna se escudan los ojos de la pasión como náufrago perdido en la isla solitaria del amanecer. El poeta asume los riesgos de este mundo y le asusta más la vida que la muerte: Las chispas del veneno corren como un manantial por su cuerpo, / a orillas de una noche que se siente muy sola, / mientras llora el cielo aquellos amores tan lejanos.

El tiempo vuela a una velocidad de vértigo hasta tal punto que la simbología de las estaciones se resume a la primavera, deseada y soñada, y al invierno, estado en el que vive inmerso el poeta y del que sólo lo pueden salvar los recuerdos y el aroma amable del amor. La flora encarna la tierna simbología del amor que se deshoja entre las manos del amante como fantasma en la distancia del pasado que puebla de memoria el presente. El poeta es un fantasma torpe que habita las regiones lejanas del sueño. Las palabras más hermosas se las lleva la corriente. Se siente libre cabalgando la espuma de los mares, dispuesto a beber en las aguas de un vientre de mujer. El poeta se muestra cansado de perseguirse y no encontrarse donde la tristeza quisiera correr ciega hacia el olvido.

La espada del silencio es un libro cargado de pesimismo en el que la poesía es una manera eficaz de combatir tanta tristeza y tanta nostalgia, donde la esperanza se cifra en el poder evocador de los versos, (Brota la lluvia por la grieta de un verso que no ha sido escrito), donde el amor emerge como antídoto a tanta locura. Sin embargo, Jaro Godoy abre una ventana a la salvación y termina pronosticando que De mis palabras, / en vano he perseguido sus sombras. Podría continuar diciendo: De mis versos espero que al menos quede un suspiro, porque, como afirma Jaro Godoy, Me voy sin saber si alguna vez he tallado mis huellas sobre ti.