RAMOS ORTEGA, MANUEL

RAMOS ORTEGA, MANUEL

 

En dos ocasiones he tenido el privilegio de convertirme en el presentador de Manuel Ramos Ortega bajo la complicidad de haber sido profesor mío en el último curso de la licenciatura y en cada lectura de su novela La ciudad de los sueños (Granada: Alhulia) he disfrutado como si fuese la primera vez que posaba mis ojos en sus textos. Presentarlo en Benalup-Casas Viejas y ante la mirada curiosa de los lectores de El Faro de Motril suponía una proposición indecente que cualquier persona decente habría aceptado sin pensárselo siquiera. Yo lo he hecho por tres motivos fundamentales, al margen, claro está, de su calidad humana: por la admiración que siento por él desde que me dio clases en la Universidad, porque es la persona que por decisión propia me va a dirigir la tesis doctoral y porque su incursión en la narrativa me ha impresionado. Si tuviese que definirlo tendría que confesar que Manuel Ramos Ortega es de esas personas que en la sombra construyen luces, que no necesita gritar para ser oído, que no se oculta bajo palabras mayúsculas, porque cree ciegamente que las minúsculas cumplen la función de estar más al tanto de lo que sucede en la calle, que confía sin peros en que la literatura ha de desempeñar un papel destacado en la sociedad y en que la vida tiene mucho de literatura. Rescato una cita de una novela suya: “Ya entonces me di cuenta que la literatura era una forma distinta de acercamiento a la realidad que incluso servía para mejorarla y hacerla más llevadera… Supongo que la literatura alcanzaba a ser una manera como otra de evadirme de una realidad que no me gustaba“.

Ese viaje interior del escritor desde la realidad al mundo de la fantasía es un camino de ida y vuelta que enriquece a la persona.

No hay más que asomarse a su novela La ciudad de los sueños, en la que la ciudad construida a golpe de piezas de otras ciudades se convierte en un personaje que envuelve a los demás personajes y a los mismos acontecimientos. La ciudad es un aglomerado de otros lugares que resuenan a Cádiz, como olas que se repiten y siempre se desmayan en la misma orilla. En este escenario surge un triángulo amoroso que nace a raíz de una nota encontrada en la chaqueta de un viejo marino que había acabado de morir. El hijo del fallecido había encontrado por azar un papel arrugado en esa vieja chaqueta que decía así: Mi querida y adorada diosa rubia… De este modo se entera de que su padre tenía una amante y, movido por la curiosidad, decide conocer a esa misteriosa mujer mucho más joven que su padre. El mensaje de que el amor no tiene edad queda recogido en una de las citas del libro: A mi edad, el amor es una luz abierta en la negra noche, un fuego encendido en el que calentar nuestro gélido cuerpo, un licor embriagador que recorre nuestra sangre por dentro, que nos quema y alivia de una sed eterna. A mis años muchos me consideran viejo. Sé que, a su lado, puedo parecerlo, pero yo considero que no lo soy. Que es mucho más la apariencia. El amor no tiene edad… Tampoco se le imponen trabas familiares hasta tal punto que Pablo, el hijo del viejo marinero, comienza a enamorarse de Mercedes a medida que va reconstruyendo la vida de su padre. Un ser hasta entonces desconocido para él que se muestra tal como es en las páginas de un diario que Pablo encuentra entre los papeles de su padre tras su muerte: Gracias al diario de mi padre tuve oportunidad de descubrir a un hombre desconocido por mí hasta entonces. Aunque siempre lo había tenido por una persona vitalista y alegre, me sorprendía su pasión y sus ganas de beberse la vida a tragos largos desde que había conocido a aquella mujer. Creo que la única manera de sentirse vivo, a pesar de la edad, es estar enamorado como yo lo estoy ahora. Hace unos meses tan sólo, antes de conocer a Mercedes, me parecía que estaba muerto y que andaba entre los muertos.

No hay nada mejor como el amor para salir a flote en el mar de la vida, para regenerar las ilusiones bajo los sueños de un pueblo indolente y dormido que ve cómo el cadáver de la ciudad pide auxilio sin hacer nada al respecto. Mercedes está enferma y se erige en el símbolo de una ciudad que parece estar condenada al abandono. La ciudad está enferma y se erige en el símbolo de una mujer que parece estar condenada a la muerte. La ciudad es abandonada por sus habitantes y Mercedes se abandona a sí misma al no prestarle demasiada importancia a su enfermedad. Este paralelismo entre la ciudad y Mercedes queda fotografiado en este párrafo: Mercedes mostraba la misma actitud indolente, ignorante de su propia enfermedad y estado físico, que mostraban los habitantes de aquella capital de provincia, frente al abandono y deterioro físico de su ciudad.

La vuelta al pasado a través del diario, a ese cangrejo que daba sus pasos hacia atrás, hace que el autor y sus personajes se encuentren con la historia. El rescate de aquellas páginas suponía en parte la recuperación de la propia memoria. Desfilan por la novela el Cádiz del siglo XVIII, el siglo XIX y, cómo no, el siglo XX con especial atención a la España franquista y la herida abierta del exilio con las consecuencias lógicas de una aclimatación a un nuevo país. Dos caras de una misma moneda, la de aquellos que optaron por refugiarse en sus hogares y la de aquellos que traspasaron nuestras fronteras: Nuestra suerte fue que, aunque nosotros no salíamos, el mundo y la vida entraban, con sus miserias y sus alegrías, todos los días por la puerta… Las casas guardan siempre la memoria de la gente que la habitaron.

Para éstos el mayor inconveniente fue el idioma. La lengua, sobre todo para un escritor, es el cordón umbilical que lo une con su patria: la infancia. Mi tío Juan acostumbraba a contar que un escritor, al que había conocido durante el exilio, explicaba a todo el que quería oírlo que él no hablaba el inglés por no estropear el español. Yo, sin embargo, no hablo el inglés por no estropear el inglés, decía mi tío.

El profesor Manuel Ramos Ortega no escapa al carácter seductor de la novela y se deja entrever cada vez que se producen ecos de una denuncia social, cada vez que la poesía invade el territorio de la prosa, cada vez que la infancia salta a la luz: No sé bien por qué volvió a mi memoria aquel otro papel que fue encontrado en el bolsillo de un poeta exiliado, antes de emprender éste su último y definitivo viaje, en un pueblecito con la frontera con Francia: Este sol y esta luz de mi infancia.

Pablo confiesa no temer a la muerte, sino a una vida en soledad que lo aparte definitivamente de Mercedes. Se confiesa dispuesto a cantar su locura por medio de unos versos escritos por un viejo poeta del otro lado de la Bahía: Loco estoy, sí, los dos locos estamos, / muriendo estás, amor, por mi locura, / muriendo estoy en tu maraña oscura / inmerso en la locura que habitamos. / Me enloquece el pensar si se encamina / la tortura de vernos o movernos / hacia un fin que en la nada se termina.

El protagonista no tiene más remedio que gritar a los cuatro vientos que: La muerte me acercó a ella y la muerte me alejaba definitivamente. La vida se identificaba con una playa a cuyas arenas acudían puntualmente unas olas que remueven el pasado y la historia, unas olas que van y vienen para refrescarnos la memoria, para ofrecernos siempre una versión nueva de los acontecimientos. Alguien dijo que si uno coloca un pie en el pasado y otro en el futuro corre el riesgo, si se resbala, de descalabrarse, de descojonarse en el sentido literal del término. Manuel Ramos Ortega lanza el anzuelo hacia el pasado para conocer el presente, y sólo entonces decide abordar el futuro. Bajo el frescor de estas ondas os dejo estas palabras que esbozan unas rápidas pinceladas sobre el protagonista de hoy y su novela La ciudad de los sueños. Leed a Manuel Ramos Ortega en cuanto yo me despida citando a un escritor romántico. Mariano José de Larra escribía en el siglo XIX que: “Los hombres no deben hablar y todavía menos callarse.“ Sólo puedo callarme para que comience a hablar Manuel Ramos Ortega.