LAZARILLO DE NUEVA JARILLA

LAZARILLO DE NUEVA JARILLA

Versión realizada por alumnos de Nueva Jarilla basada en la novela Lazarillo de Tormes

Lazarillo es un niño que vive en Nueva Jarilla. Es muy travieso. Su maestro está harto de él, puesto que saca unas notas que dan pena, se pelea con todo el mundo, contesta de mala manera a todos y en los exámenes saca chuletas como churros, a pesar de que ya le han pillado en más de una ocasión. No hay quien pueda con él. Pero todo este comportamiento tiene una explicación: En su casa sus padres no le hacen caso y le pegan sin motivo aparente. Ya no podía aguantar más la rabia que llevaba dentro y una mañana, cuando sus padres estaban en la calle, se lio a golpes con todo. Arrasó con las bombillas, los móviles, los ceniceros, la radio, la televisión… No dejó ningún aparato en su sitio. Sin embargo, su acción no fue barata. Sus padres la emprendieron con él con tanta furia que lo tuvieron que ingresar en el hospital. Allí, una vez curado, fue examinado por miembros de una asociación de menores que se quedó con la custodia del niño. No volvió a ver más a sus progenitores.
Lazarillo estaba contento porque se había librado del mal trato que le propinaban sus padres y triste porque ingresaba en un orfanato y se sentía solo. Como muchos niños y niñas en su misma situación, se encontraba a la espera de ser adoptado. Antes de que pasara todo esto, empezó a enamorarse de una chica de cabellos rubios y ojos verdes como el agua de un lago que estaba como él. La chica tenía una estatura de 1.56 centímetros y estaba en 4ª de primaria.
En el centro tampoco se comportaba excesivamente bien. Recuerdo que una tarde se fugó sin permiso para ir al cine. Echaban la película española El orfanato. Luego regresó sin más a su habitación sin ser visto y sin que nadie se diera cuenta de que había salido a la calle. Así trascurrieron los días hasta que un hombre de aspecto agradable se lo llevó en adopción. Lazarillo estaba muy nervioso y se despidió de todos. La imagen más bonita que conserva del internado fue la despedida, la ternura con la que los ojos de Flor lo miraban desde la distancia. En su móvil de última generación había una foto de la chica que Lazarillo le había sacado por sorpresa y en secreto mientras dormía.
Su nuevo amo no era tanto como aparentaba. Era un diablo con piel de cordero y le hacía la vida imposible. Apenas le daba de comer y con el tiempo fue consciente de que comió en más de una ocasión ratas en salsa de tomate. Las ratas que caían en las trampas que este hombre colocaba por la noche. El agua era escasa y menos el vino, aunque Lazarillo a veces ingirió sin darse cuenta meado de gato. Para más inri, la asociación de menores le ingresaba todos los meses 200 euros para su cuidado. Jamás vio un euro de ese dinero. Tampoco dormía bien. Lo hacía en el suelo. Se cansó de aguantar a su malvado amo y se escapó una noche sin decir una palabra. Estuvo perdido varios días hasta que una mujer se apiadó de él y lo acogió como si fuera un hijo suyo. Le daba para comer filetes y coca cola, además de cuidarlo muy bien. Dormía en un colchón muy blando. Su madre, así la consideraba él, se llamaba María del Carmen Blancaflor. Era morena, de ojos celestes como el mar. Era muy bella. Tenía un corazón de oro. Le ayudó a lazarillo a montar una empresa con la que pudo ganarse la vida. Las cosas le iban tan bien que ya no se portaba como una persona maleducada, puesto que tenía el cariño que le faltaba. Se hizo rico. Se compró un descapotable y una limusina. Tenía tres casas: en Madrid, en París y en Hawai. Todo le iba sobre ruedas, pero, a pesar del dinero, no era feliz. Seguía soltero y se acordaba de Flor, la chica del internado, pero no era capaz de dar con ella, hasta que un día, por casualidad, se encontró con ella. No estaba dispuesto a dejar escapar la oportunidad y le confesó sin más que la amaba desde el mismo día en que la vio por primera vez. Empezaron a verse de vez en cuando hasta que, al cabo de los meses, decidieron casarse. La luna de miel la pasaron en Italia. Tuvieron una niña y un niño. A lo mejor no comieron perdices, pero, eso sí, estoy segura de que fueron felices.