ENTREVISTA REALIZADA POR ALEJANDRO PÉREZ GUILLÉN A AIDA RODRÍGUEZ AGRASO

ENTREVISTA REALIZADA POR ALEJANDRO PÉREZ GUILLÉN A AIDA RODRÍGUEZ AGRASO

1.- Con la edad de estos jóvenes, personas de 15 a 17 años, ¿tenías claro lo que querías ser o estabas en un mar de dudas?

Dudas se tienen siempre. Creo que dudar es bueno, te hace reflexionar, poner pros y contras en una balanza y querer encontrar la mejor opción. Equivocarse también tiene su lado positivo: es la única forma efectiva de aprender. Yo comencé una carrera y al año siguiente me cambié a Ciencias de la Comunicación, porque lo único que tenía claro en la vida, desde muy pequeña, era que quería contar cosas. Pero quitando eso, las dudas me parecen inherentes y consustanciales al ser humano, y sabiendo reconducirlas me parece que son hasta productivas.

2.- Dinos una experiencia enriquecedora y una experiencia negativa en las aulas en tu etapa escolar.

Una experiencia enriquecedora, aunque parezca peloteo (aunque ya a estas alturas no me van a subir la nota) fue el trato con la mayoría de los profesores que he tenido en mi vida. Salvo algún caso muy aislado, puedo decir que he tenido profesores magníficos que supieron motivarme y que abrieron mundos en mi mente que no sospeché que existían. Aún me encantan las matemáticas, la física y la química, fíjate, alguien tan presuntamente de letras como yo… Y eso es porque tuve buenos profesores/as.

Y experiencias negativas hubo, como siempre, pero con el tiempo no me parece que sean negativas. Todo lo que le sucede a uno en la vida le hacen ser como es, así que no lo considero negativo. También me hicieron aprender cosas, sobre todo de mí misma, así que estoy hasta agradecida de haber pasado por esas experiencias negativas.

3.- ¿Qué consejos le darías a alguien que quisiera ser periodista?

Que solo lo sea si realmente tiene una enorme vocación. He podido conocer a jóvenes que llegaban con la idea de que el periodismo era conocer gente famosa y viajar mucho. Creo que no se puede estar más equivocado. El periodismo es un oficio de entrega. Uno debe estar preparado para dedicarle su vida de la mañana a la noche, para hacer que la redacción sea su casa y sus compañeros casi su familia. Tiene momentos muy dulces, otros muy amargos. Uno debe estar dispuesto a asumir este sacerdocio. Personalmente, además, creo que a un periodista le debe mover una vocación por contar cosas y por intentar que la sociedad, al proporcionarle todos los datos y toda la información sobre un tema, pueda llegar a tomar sus propias conclusiones. El periodista oye a quien tiene enfrente, lo escucha, lo mira, procura entender lo que le dice y luego lo cuenta. Creo firmemente que el periodista debe saber escuchar y no debe tomar partido. Que el periodista no debe condicionar al público. Que un periodista no debe manipular unos datos para hacerlos afines a su propia forma de pensar. El periodista es (para mí, claro) el mediador entre unos hechos y un público al que informar de ellos. Solo eso. Aunque parezca muy sencillo, me parece algo enormemente complejo que conlleva y supone una enorme responsabilidad. Esta es la filosofía del periodismo que aprendí de los mejores en el oficio. No sé si es acertada o equivocada, pero al menos es la que entronca con mi forma de ser.

4.- En el mundo del periodismo te habrás encontrado de todo, ¿Qué es lo que más te ha sorprendido?

Lo que más me ha sorprendido es encontrar la humildad y la modestia en personas que a priori podrían tenérselo muy creído, como un premio Nobel. Y, por el contrario, conocer a gente muy subidita que se empeña en perdonarte la vida solo con mirarte cuando en verdad no tiene motivos para creerse nada. Así son las cosas…

5.- Has estado en contacto con muchas personalidades del mundo del arte y de la cultura, ¿nos podrías confesar alguna manía de alguno de ellos?

Prefiero que no, que después todo se sabe y me llaman cotilla… Mejor que te las cuenten ellos, que para eso son sus manías… Pero sí que puedo decirte una cosa: me encanta saber que, en su inmensa mayoría, también hablan de fútbol, o de pesca, o de ajedrez, o de los temas más peregrinos, y no solo de literatura, de arte o de cultura. La vida es muy rica para quedarte solo con una parte de ella.

6.- El periodismo, ¿da o quita amigos?

En mi caso me los ha dado, y muy buenos. Tengo la satisfacción de decir que el periodismo me ha brindado la oportunidad de conocer a personas maravillosas que han seguido siendo mis amigas cuando dejé el periodismo activo (en una redacción me refiero, aunque sigo dedicada al oficio). Personas de todo tipo y de toda ideología.

7.- ¿Es fácil compaginar el periodismo con la vida privada?

Si damos por hecho que tu vida privada solo existe en la redacción de un periódico, ¡por supuesto que es fácil! En serio, es complicado que alguien entienda tus horarios cambiados o tus carreras por todas partes, tus fines de semana dedicados al oficio… Es complicado que alguien que no sea periodista pueda quedar contigo a las tantas de la noche, casi cuando la ciudad duerme, porque necesitas darte una vuelta y despejarte después de una jornada dura. Sé que parece todo como muy trasnochado o peliculero, pero puedo jurar que así es el periodismo que yo he vivido. Quizás ya soy una dinosauria, igual las cosas han cambiado, pero así lo viví yo y no puedo contar otra cosa.

8.- ¿Es muy grande el paso del periodismo a la literatura? En tu caso cómo se ha producido

En mi caso nunca ha existido. Al menos así lo siento. Desde siempre intenté (y lo sigo intentando) que una crónica o un reportaje no fueran aburridos, darles alma, darles vida. No sé si lo conseguí, pero lo intenté. Antes te comenté que entré en el periodismo porque quería contar cosas y con la literatura me sucede otro tanto de lo mismo: quiero contar cosas. Quizá contarme a mí misma, o contar algo que me ha pasado y en lo que intuyo una historia latente. Pero no siento que diera o dé un paso de una cosa a la otra, aunque por supuesto tengan distintos parámetros y que sus reglas sean hasta antagónicas. La literatura me permite una cosa que me encanta: imaginar. Y el periodismo, por supuesto, no. Así que entiendo ambas cosas como complementarias para mí (lo que no tiene una lo tiene la otra), pero no alejadas ni siquiera por un paso.

9.- Has obtenido muchos premios literarios con alguno de tus relatos. ¿Crees en ellos? ¿Qué tipo de responsabilidad acarrean?

No creo para nada en ellos. Las cosas hay que ponerlas en su sitio: un jurado es un grupo de personas, cinco, seis, cada una con sus gustos, con su propia historia vital y con sus propias manías. El hecho de que un día que igual no han dormido bien (o sí) consideren que tu relato o tu libro es el mejor entre otros no es, ni más ni menos, que saber que tu obra le ha gustado a ese grupo de personas. Pero no tiene que gustarle a todo el mundo ni por asomo. Hay veces en las que ni siquiera gana el mejor. Yo agradezco enormemente los premios que me han dado porque, sobre todo al principio, me hicieron creer en mí y me dieron muchos ánimos para continuar, porque entonces sinceramente creía que los folios que rellenaba no eran dignos de ser ni siquiera mostrados. Charlar con los jurados me dio ánimos para compartir mis pequeñas historias y, la verdad, el mejor premio que he recibido es poder hablar sobre ellos con la gente y que me aporten cosas, puntos de vista, ideas, críticas… Lo considero un regalo de la vida.

10.- ¿Cómo es el proceso desde que tienes una idea para crear un relato hasta que la plasmas en el papel?

Bueno, en primer lugar yo no tengo una idea, la idea viene a mí. Siempre me pasa lo mismo: alguien me cuenta una historia o veo algo y, de repente, toma vida en mi cabeza y me descubro recordándola, pensando en ella, haciéndome preguntas del tipo ‘qué pasaría si…’ o ‘cómo sería si…’. Y entonces sé que detrás de lo que me han contado hay una historia que yo quiero contar. A partir de entonces, se va desarrollando mentalmente. Hay escritores que defienden mucho eso de escribir todos los días; supongo que están más profesionalizados que yo o son más tenaces o más disciplinados, no sé, pero yo soy más de impulsos, de necesidades vitales. Para mí escribir es una necesidad vital igual que comer; no siempre tiene uno hambre y si decide comer, la comida entonces no le sabe igual o se conforma con lo que sea, ¿no? Pues lo mismo. Y yo no me conformo con cualquier cosa. Además, para mí escribir es también ese trabajo mental del que te hablaba: el personaje, el escenario y la historia van tomando cuerpo en mi mente, los veo, hasta me caen bien o mal (es paranoico, lo sé, qué se le va a hacer). Y cuando por fin tengo tiempo y me siento a escribir lo tengo fácil: solo tengo que contar lo que he trabajado mentalmente. Bueno, fácil: a veces es un drama, porque al trasladarlo al papel a veces se resiste, no te sale como quieres, no es el tono o el tempo o el ritmo o las palabras… Pero cuando lo consigues es una sensación fantástica.

11.- ¿Sigues algún tipo de ritual a la hora de escribir?

Hala, te voy a contar mis manías. He descubierto con el tiempo que me gusta escribir siempre en el mismo sitio: en mi mesa, rodeada por mis cosas, con la ventana que filtra la luz del atardecer (por la tarde mejor que por la mañana) desde mi derecha. Me cuesta mucho trabajo escribir en otro sitio, no sé si es manía o costumbre, pero es así. Me pongo un café, me siento y me dejo mecer por el ruido que hacen las teclas duras de mi ordenador. Entonces me siento en la gloria. Me he adaptado a escribir en otros lugares, pero, la verdad, no me siento tan cómoda ni me relajo de la misma forma. Y por encima hasta de esto, sitúo un estado de ánimo especial: relajado, plácido, sereno. No puedo escribir si me siento atormentada por algo, o cabreada, o triste. Necesito una estabilidad mental que me permita concentrarme solo en la vida que quiero contar y no en la mía.

12.- ¿Cuál ha sido el consejo más influyente en tu carrera como escritora que te haya dado una persona anónima o un escritor al que admiras?

Que continuara, que no lo dejara. Me lo dio uno de los miembros de un jurado que me otorgó cierto premio tiempo antes. Entonces yo pasaba por una crisis personal y había cortado el hilo con la imaginación. Y mira por dónde, la vida me hizo encontrármelo de nuevo. Coincidió en el tiempo con el comentario que me hizo una buenísima amiga que, sin querer o sin saberlo, también me espoleó y me mostró que si miraba arriba del agujero había luz. Eso me hizo continuar, y aunque tengo muy poco tiempo para escribir, continúo haciéndolo y, la verdad, creo que ahora es cuando estoy más satisfecha de lo que escribo. A ambos, y a todos y todas los que me siguen animando y me apoyan les estoy y estaré eternamente agradecida, porque, en el fondo, me han ayudado a volver a ser la que era y me han permitido volver a disfrutar de la escritura.

13.- ¿Nos podrías contar alguna anécdota ocurrida en alguna de tus charlas?

Que en no pocas de ellas me he encontrado con personas que se han dedicado a la pesca, como mi padre, o cuyo padre se dedicaba a este oficio, y siempre hemos terminando compartiendo recuerdos. Y parece mentira que sean tan coincidentes.

14.- ¿Enseñas tus relatos a determinadas personas para que te den su opinión antes de la publicación?

Siempre. A las personas más cercanas a mí y a mi mundo interior. A mis grandes afectos, vamos. Y me encanta porque son los más críticos. Eso es lo que espero de ellos, que critiquen lo que hago, porque si no, no aprendo, no avanzo, no mejoro, y lo que una intenta es hacer las cosas lo mejor posible dentro de sus limitaciones, claro.

15.- ¿Cuándo has disfrutado más como periodista o como escritora?

Qué difícil… Han sido muchos momentos muy buenos, de verdad, muchos. Me da hasta apuro contarlos porque se puede pensar que me estoy vanagloriando o presumiendo y huyo enormemente de la gente presumida o vanidosa, así que los omito. Pero me llevo dentro momentos que nunca olvidaré porque me han aportado una barbaridad de cosas. ¡Y los que quedan, espero!

16.- ¿Qué autores te gustan y cuáles te desagradan?

Me gusta mucho el realismo mágico de García Márquez, de Isabel Allende. Me quedo obnubilada con Saramago. Me gusta la forma de contar de Laura Restrepo. Me gustan Poe, Cortázar, Nabokov, Naguib Mahfuz, Kawabata, Tabucchi. Me encanta Ana María Matute. Y Bécquer, Machado, Cernuda, Salinas, Miguel Hernández, Neruda… Me encantan los clásicos, verdaderas joyas. ¡Me encanta El Quijote, de verdad de la buena! Y muchísimos más, y no nombro a más, ni a nadie de la tierra, porque sé que me dejaría alguien fuera y lo lamentaría siempre. Ya sé que se me olvidan muchos y luego pienso ‘¡no he mencionado a tal!’ y lo paso fatal. Me encanta leer. Me leo hasta los prospectos de las medicinas. Pero, sin embargo, hay días o momentos en los que no siento la necesidad de leer y no me apetece, o que lo intento pero no me concentro porque estoy cansada o preocupada, o que no tengo tiempo. No pasa nada: la lectura hay que disfrutarla y si no es para disfrutarla, es mejor dejarlo para mejor momento. Y si un libro no te gusta, ciérralo, busca otro: no hay por qué terminarlo. Leer no debe ser nunca en la vida un tormento. Es un deleite, una pasión. Y hay libros con los que no puedo. Hay libros que para otras personas son verdaderas obras de arte y de los cuales yo no he podido tragarme ni veinte páginas. Lo siento. Bueno, no, no lo siento, así son las cosas, ¡para gustos, los colores! No tiene por qué gustarle a todo el mundo lo mismo, ¿no?

17.- ¿Es muy duro el salto del periodismo al mundo del flamenco?

A mí la verdad es que no me ha costado nada, quizás porque llegó un momento en mi vida en el que tenía la certidumbre de que debía cambiar de chip. Creo que era Hemingway el que decía que el periodismo es un oficio maravilloso siempre que se sepa dejar a tiempo. Yo ya sentía que había acabado un ciclo, sentía que siempre hacía lo mismo de la misma forma, y tenía la necesidad de seguir aprendiendo cosas nuevas. No puedo vivir sin aprender, no lo puedo remediar, para mí es esencial aprender cosas constantemente. Y el flamenco me permite aprender muchísimo, porque es un mundo enormemente rico, tanto cultural como vitalmente. Y me da mucha rabia que haya gente con prejuicios que lo ninguneen, porque realmente es una manifestación cultural y artística de primer orden y que te brinda la oportunidad de conocer a personas intelectual y personalmente fascinantes.

18.- En la historia Campo de girasoles parece hacerle un homenaje a tu padre y a tu familia. ¿Qué valores te han inculcado y has seguido a rajatabla?

Un enorme sentido de la responsabilidad, saber que en la vida nadie te regala nada si no pones de tu parte, ser fuerte ante las vicisitudes y saber que las pequeñas cosas son en verdad las más grandes y las más importantes. Y, sobre todo, y quiero destacarlo así, la dignidad: para mí es esencial mantener y salvaguardar mi dignidad. En los peores momentos de mi vida mi madre se ha encargado de decirme al oído: “Recuerda que eres una señora”. Con eso me lo decía todo. Por eso no caigo en chismes, no me rebajo al insulto o no entro en el juego de las maledicencias. No lo necesito para vivir. Pero sí necesito sentirme digna, tenerme respeto. Al final, la única persona que siempre tienes a tu lado eres tú mismo. Y si no te respetas como persona o te reprochas algo, vas listo… Todo eso lo sigo a rajatabla y, la verdad, me siento satisfecha. Y por lo que más me siento satisfecha es porque ellos se sienten orgullosos de mí, así que creo que no les he defraudado. Yo vengo de una familia muy humilde pero muy educada y con unos enormes valores humanos. Esa ha sido mi herencia, la mejor que se puede tener.

18.- Algunos de tus relatos parten de una anécdota. En Información gratuita recoge el episodio de una llamada sin querer que uno recibe porque estás el primero en la agenda y el teléfono no está bloqueado, ¿es sencillo convertir la realidad en ficción?

Al menos para mí lo es. La realidad supera cien mil veces a la ficción. El último relato que he escrito, ‘Lázaro resucitó en primavera’, parte de un hecho absolutamente real (como siempre, por otra parte) pero alucinante, o al menos a mí me lo parece: de repente las plantas de mi vecina, cuya casa está separada por la mía por un grueso muro, sintieron la necesidad de empezar a brotar en mi parte del muro. Ahora tengo un vergel que en realidad no me pertenece. Un día, mientras miraba el rosal que, para mi perplejidad, ha crecido ampliamente en mi casa, pensé ‘esto tiene una historia que contar’. Y ahí está. El resto es, claro, imaginación: en este caso tienes que hacer que un personaje viva en ese escenario y que le pase algo. En otros casos es al revés, tienes el personaje y le tienes que crear un escenario. Pero para mí es casi como un juego. La pregunta ‘¿qué pasaría si…?’ desata a la niña que llevo dentro y que no paraba desde siempre de imaginar cosas.

19.- El maquinista de la general recrea una verdadera historia de amor. ¿Crees en el amor eterno?

Creeré en el amor eterno cuando esté en el lecho de muerte y alguien permanezca a mi lado sujetando mi mano.

20.- En Naranjas sobre la nieve cuenta la historia de un hombre curtido en mil batallas que debe afrontar la vejez con dignidad. ¿Qué valores nunca deben perderse?

El respeto por uno mismo y por los demás. Y la dignidad, siempre la dignidad.