SEVILLA GÓMEZ, PEDRO. LA LUZ CON EL TIEMPO DENTRO

SEVILLA GÓMEZ, PEDRO. LA LUZ CON EL TIEMPO DENTRO

LA LUZ CON EL TIEMPO DENTRO, PEDRO SEVILLA GÓMEZ


Nacemos en un mundo donde los contrarios, necesarios entre sí para salir a flote en la brevedad sincera de los días, se abrazan y se odian a un mismo tiempo simplemente para demostrar a las claras que la existencia de uno presupone la presencia del otro. Vasos comunicantes que resumen en una paradoja el sentido último de la vida. Pedro Sevilla es consciente de esta realidad y, a pesar de ello, se empeña en llevarnos la contraria. Desata el cordón umbilical de la muerte para sacarle brillo y lustre al frágil tejido de la existencia. Desvela a las sombras con la luz más lúcida que posee, con el fin evidente de no dejar más lugares en penumbra que la nada. Se refugia en el templado cuartel de la infancia para recordar unos episodios que acuden fieles a la conciencia, pero, sobre todo, para recuperar el fuego dormido de una pasión que aún nos calienta las manos, mas no llega ya al alma. Dibuja un mapa de carreteras cuyas curvas y trazados sólo se repiten en el papel, sin la hermosura del calor posado en las mejillas, sin el sol de un verano que recorra el escenario de un cuerpo ajeno.

Pedro Sevilla siente las garras del tiempo en la comisura de sus labios y, sin embargo, contempla en silencio la ropa cosida de una madre en las tardes de invierno, el cansancio de un padre entre los dedos ciegos del sueño y  la ternura natural de quien eleva a la categoría de verso episodios cotidianos que forman parte de una realidad perdida entre los recovecos de la memoria. Esboza a grandes rasgos el modus vivendi de una familia rural cuya pobreza jamás alcanza la riqueza de amor de dos ancianos.

Pedro Sevilla, en La luz con el tiempo adentro, no se olvida de sus raíces, al tejer una poesía aparentemente sencilla y sobria, una poesía que rinde tributo a sus padres, al niño que fue, al niño que de vez en cuando eleva la voz para escucharse, para recuperar ese eco perdido entre la hojarasca de los días.

Pedro Sevilla, sin ánimo de convencer a nadie de la importancia de las letras, expone los motivos que lo impulsan a escribir, a perder las horas en la tibia habitación de su cuarto a la espera de dar forma a un poema que refleje, en su incapacidad, un capítulo mínimo de su vida. Su escasa pericia para el deporte y para otros menesteres, lo acercan a una poesía que no olvida sus orígenes, sino que persigue sombras con un pequeño guiño de luz.

El amor sirve de antídoto ante los golpes del camino, se incrusta como un tatuaje que queda prendido en la piel de los sueños. Las palabras no son capaces de devolver el pasado y, a pesar de ello, uno insiste y escribe un poema. Quizás el temblor de un recuerdo que se escapa entre los dedos. Quizás el verso sólo sea la conciencia de la pérdida, una belleza en fuga. Y la mano que mueve esos hilos, quizás sea la del poeta, que, a pesar de todos los pesares, se reíste a la muerte.