SEVILLA GÓMEZ, PEDRO. SEPTIEMBRE NEGRO

SEVILLA GÓMEZ, PEDRO. SEPTIEMBRE NEGRO

SEPTIEMBRE NEGRO, PEDRO SEVILLA GÓMEZ

Es otoño el paraíso donde se escribe la nostalgia de los versos. Es la literatura un mundo que no escapa a las reglas impuestas por la vida donde el ser humano no siempre es bondadoso, no siempre es malvado. Pedro Sevilla no pretende mostrar una visión maniquea de la realidad, sino poner en alza el carácter contradictorio del hombre y del poeta. Septiembre negro es en sí una redundancia, pues las nubes del tiempo se abalanzan sobre nuestras conciencias a modo de tormenta y las hojas, ya consumidas de la existencia, recogidas al azar por la memoria, nos sumen en un espacio más proclive a las melancolías que a las risas. El poeta tiene varias fórmulas para combatir ese pesimismo. En primer lugar, mediante la poesía, como una amante que conjura el mar de las tristezas, como antídoto al dolor que se imprime como tatuaje en el alma de toda persona. De otro lado, mediante el retorno a la infancia, esa época donde el poeta llevaba el escudo de la inocencia por bandera y las inclemencias de los años todavía no se hacían notar ni en el cuerpo, ni en el espíritu. Y, por último, mediante ese apego a la vida que nos impulsa a abandonar las letras en ese afán por vivir, por salir a la calle en lugar de perdernos en el laberinto virgen de un folio en blanco.

Septiembre negro retrata una lírica que se muestra fiel a la simbología, a un entramado lenguaje de sugerencias en las que el otoño y el invierno nos invitan a la madurez y a la reflexión, a mirar desde cerca el espectáculo de la muerte, a detenerse en esa edad dorada donde la vida era tan sólo un juego y no el riesgo de caminar por el filo del alambre; en las que la primavera y el verano nos enseñan un universo paralelo donde las flores se agitan y se abren como si estuviesen bostezando a la existencia, con unos pétalos tan perezosos que nos empujan hacia la ternura, donde una lágrima, que recorre el paisaje desolado de una mejilla, se desbarata, en cuestión de segundos, ante la mirada tierna de la amada, donde la lluvia es tan sólo la banda sonora de un corazón que late con violencia ante el misterioso cuerpo de la hermosura, donde duelen tanto los domingos como el abandono, donde las leyes de la ciencia caen por su propio peso cuando la analizamos a golpe de latidos.

Pedro Sevilla se rinde ante la belleza estática de un maniquí, ante el icono mediático de Carolina de Mónaco que suspira de añoranza en las páginas rosas de la sociedad y no cree en los finales felices que anuncian, a bombo y platillo, el cine, pues piensa que, después del beso final de los amantes, comienza la verdadera vida, aquella que nos enfrenta contra los demás, pero, sobre todo, contra nosotros mismos.