SEVILLA GÓMEZ, PEDRO. TIERRA LEVE

SEVILLA GÓMEZ, PEDRO. TIERRA LEVE

TIERRA LEVE, PEDRO SEVILLA GÓMEZ

Cuando uno se resiste a abandonar ese tiempo de la infancia que le hizo feliz y a veces oculta, bajo el escondite de los versos, al niño que todos llevamos dentro. Esconder la infancia bajo la falda estrecha de las palabras es síntoma evidente de querer seguir con vida, de recuperar retazos de una biografía que late con fuerza en el reino de la memoria. Cuando uno se pierde en el poema con la esperanza de encontrar la luz de unos hechos que en el recuerdo ya no brillan. La mayoría de las ocasiones, en las que uno intenta dibujar por escrito una vida, se tropieza de bruces con su propia incapacidad para la escritura, como si pintara de negro las sombras temerosas de la noche y, sin embargo, toda espera merece la pena, si, en alguna contada oportunidad, siente en la yema de los dedos el calor de una chispa, el fuego templado de un corazón que se ha deshecho en el papel, de la misma forma que un beso se adentra en el laberinto abierto de unos labios. Cuando todos estos acontecimientos se dirimen en un mismo libro, sólo podemos decir que es un acierto.

Pedro Sevilla arranca Tierra leve con un poema inicial donde expone todo un tratado de intenciones, una poética donde justifica la manía enfermiza por el verso. A continuación divide el poemario en tres apartados desde los cuales observa el mundo que lo rodea: El reencuentro con el pasado en La luz de ayer, un tributo sincero hacia los seres queridos en Aire de familia y una mirada reflexiva hacia el fin de nuestros días en La voz de los muertos.

El niño vive ajeno al mundo que abrazan los mayores. Así le gustaría vivir al poeta, con el escudo de la inocencia capaz de detener las bravuconadas del tiempo sin apenas recibir respuesta, sin necesidad de resultar herido en la batalla. No obstante, la realidad se impone y no tenemos más remedio que enfrentarnos cara a cara con nuestros miedos, con los dientes del desamor clavados en el cuello, a modo de vampiro que nos enseña a caminar en el espejo de una pupila, deambular por los ojos de una dama supone alcanzar el equilibrio o el precipicio. Un riesgo necesario para el cuerpo, un edificio en ruinas para el alma.

Pedro Sevilla, en La luz de ayer, se enfrenta, sujetando entre sus manos la poderosa arma de la poesía, a los síntomas del insomnio, recupera las veladas felices con los amigos, recorre con calma una geografía trazada en el atlas del pasado, conjuga el miedo y sus fantasmas, combate, con la torpe herramienta de la palabra, el aroma fúnebre de la muerte, persigue sus sueños en la estela del papel, se siente a gusto cuando arrecia la lluvia suicidándose contra los cristales, tiene tiempo para saborear la naturaleza y un buen libro, y sale indemne de las zancadillas de la vida.

En Aire de familia, deja que traspase el folio la voz humana de un padre, el gesto de ternura de una madre, el guiño cómplice de un hermano, la ingenuidad de un amor que se resiste a caer rendido a los pies del olvido, un amor por el cual merece la pena haber vivido, haber amado. Y se rinde ante la maestría de Julio Mariscal y José Mateos, como un modo de indicarnos cuáles han sido sus maestros, cuáles han sido sus amigos.

En La voz de los muertos Pedro Sevilla dialoga con su hermano, no muestra tanto la resignación por la pérdida, sino que nos contagia con una lectura en calma del olvido, de esas dos fechas que encierran el frío sueño de una tumba. Y, sin embargo, el poeta concibe la muerte como una reafirmación de la vida, concibe al hombre como una caja de sorpresas y piensa que no hay nada puro en este mundo, pues el ser humano ha de definirse por sus contradicciones, como si la duda jugara a deshojar una margarita.