LUCÍA, MARTÍN. AQTC

LUCÍA, MARTÍN. AQTC

AQTC, MARTÍN LUCÍA

La literatura viene marcada por dos caminos opuestos, pues, de un lado, aparecen aquellos que se aferran a la tradición sin darle cabida a las nuevas tendencias, y, de otro, surgen quienes ven caduca una manera de desenvolverse en la vida y, con el mundo libre de las palabras, pretenden sacudir las entrañas del pensamiento y el fondo de las conciencias. Una tarea tan difícil como necesaria, tan arriesgada como nutritiva. En los siglos de oro se produjo un fenómeno similar en ese contraste de quedarnos con nuestras costumbres o de abrir las puertas a una novedosa forma de interpretar el universo. Martín Lucía pretende arrancar las raíces de las convenciones, rebelarse ante un sistema injusto y dejar en la retina un modo diferente de ser, de ver la realidad, de interpretarse, una manera subversiva de mostrar a las claras que no está de acuerdo con las imposiciones que la sociedad actual nos enseña. Y para tal fin, remueve las formas, nos abre un estuche donde aparecen dos libros, como dos manos tendidas al amor de la lumbre, de una pasión que se derrama en cualquier tipo de acto que uno emprende, con la sensación inagotable de que la empresa del presente es la última aventura de nuestras vidas. Confiesa abiertamente que hay que entregar el corazón en aquello que creamos y creer en todo lo que ponemos el corazón.

La honestidad y el amor son los únicos escudos que pueden protegernos de las inclemencias del invierno. Martín Lucía no se refugia en los escondrijos del pasado, ni en los sueños expectantes del futuro, sino que vive un presente continuo donde el silencio es una muerte callada incapaz de asumir los riesgos de la resurrección, donde el grito hacia la verdad ha de quedar desnudo, a pesar del tiempo. Es consciente de que el puente que no atravesamos se queda virgen sin nuestras huellas y sabe a ciencia cierta que nuestras huellas no pueden esperar el segundo puente, pues antes se han difuminado en el camino. Traza líneas rectas y curvas, pero nunca se detiene. Cada día que amanece es una nueva posibilidad de sentir el pálpito de la existencia, sin necesidad de mirar hacia atrás, sin que tengamos que saltar hacia adelante. Nos interesa el camino, la estela que pisamos. Aunque nos duela, aunque el amor se quede en el pasillo interminable del recuerdo.

El Libro I titulado Pues el tiempo no para presenta una estructura circular en la que el poeta se dirige con escasas palabras a su amada para advertirle de que la vida es tan sólo un paseo en círculos por el pecho del amado, por el latido constante de la vida. Tras esa advertencia, Martín Lucía transita por el simbolismo evidente de las estaciones: invierno, primavera, verano y otoño, con el fin de imitar el movimiento repetido de la rueda del tiempo, la monotonía inagotable del hombre en ese afán por buscarse y no encontrarse nunca. Termina el primer poemario con el regreso al frío de enero y un guiño cómplice hacia la amada, en una concepción del amor en la que florecen las ausencias y los besos, las cicatrices y las sonrisas.

En AQTC, Martín Lucía se empapa hasta los huesos, se moja por lo que quiere y no se esconde a la hora de desnudar sus sentimientos. Hace lo más difícil y lo más sencillo: grita abiertamente su amor hacia sus padres y hacia su abuela. Comprende que el carácter del ser humano es contradictorio, pues toda realidad aspira a esbozar claramente sus dos caras opuestas: un mundo lleno de luz y un rostro poblado de fantasmas.

Para el poeta la lluvia es una buena goma de borrar y es amiga del olvido. Borrón y cuenta nueva en cada primavera obviando por el camino los eneros, calentando el amor en flor, las hojas ardientes de un amor tan generoso como torpe, tan apasionado como repleto de paz.

El Libro 2 titulado Las formas del mar aparece con el atuendo de una brevedad mayor que el primero, con la intención de ajustar las formas al contenido, pues la idea central de este poemario descansa en la fugacidad de la vida y en la imposibilidad de capturar el instante, a no ser que se realice a través del verso. Sin embargo, todos estos intentos son suicidios torpes que nos llenan las manos de melancolía. Las estaciones corren a una velocidad de vértigo, de tal modo que no podemos retener ni siquiera una instantánea del pasado, de un recuerdo que, por mucho que se rememora, no puede volver a repetirse. Martín Lucía se rinde a la cadencia de la soledad y de la ausencia, como la cara y la cruz de una realidad llamada tiempo. Y termina confesando que el tiempo se nos muere entre las manos, como un otoño de hojas que, en su vuelo de papel, aún es capaz de seguir soñando.