ILLÁN VIVAS, FRANCISCO JAVIER. A MI MANERA

ILLÁN VIVAS, FRANCISCO JAVIER. A MI MANERA

El ser humano tiene la costumbre de hacerse camino en la senda despiadada de la existencia desde que abre el mundo al llanto, a pesar, a veces, del ojo previsor de los padres, de la sociedad que nos rodea y de los estímulos que se lanzan a nuestros pies, pues un mensaje ambiguo nos puede llevar a la certidumbre y un reclamo evidente nos puede conducir a la duda. Cada individuo responde de forma personal a las cicatrices del tiempo. Sólo así se explica que Francisco Javier Illán Vivas se desnude en el papel A su manera.

El poeta arranca con un poema en el que rinde tributo a todos aquellos escritores y a todas aquellas lecturas que le han llevado hasta el extremo de pulsar con paso decidido la arcilla de la poesía, al mismo tiempo que denuncia la incapacidad actual del hombre para abrirse a modo de rosa, a modo de perfume que embriaga el cuarto por el que transita. Con una poesía contenida, los versos saltan a borbotones, haciendo caso omiso a ese escudo que nos protege del día a día, pero nos impide vivir alegremente. El poeta prefiere morir desangrado, que malvivir en una urna de cristal donde uno siempre tiene que ocultar sus miedos, teme mostrarse tal y como es. Cerrarse como una concha no es un modo digno de permanecer de pie.

Los poemas de A mi manera se agrupan en varios apartados que señalan una clara relación con el mundo del arte. La música se encuentra presente en todo el poemario: en la voz de Arvo Part, que ensalza la figura del compositor Benjamin Britten; en las cumbres nevadas de Tchaikovsky, en las ninfas del mar, como un canto que se lo lleva la corriente de los recuerdos, en el grito festivo de Shakira. El mundo del cine acude puntual a la cita de estos versos, en el sueño dorado de Ava Gardner, como homenaje a la búsqueda de una belleza oculta más allá de las palabras.

En definitiva, Francisco Javier Illán Vivas no sabe vivir sin el ejercicio evidente de la lírica, a pesar de que a veces se muestre huidiza, no sabe vivir la vida si no es a través de la entrega absoluta, necesita los silencios para entenderse a sí mismo y le pone trampas al tiempo con la esperanza de salir indemne, de recuperar parte del pasado por medio de las letras. El poeta se sincera, en ocasiones, en portugués, como modo de mostrar su admiración a Pessoa, como modo de otorgarle una musicalidad diferente al poema, una ternura que se derrama en dos idiomas, como si la literatura fuese tan universal que la lengua usada nos permitiese abrir nuevos horizontes. Hace balance de toda una vida, de sus derrotas y de sus victorias, con el objetivo evidente de gritar a los cuatro vientos una forma de estar y de decir que, en la calle, le hace sentirse bien consigo mismo y, en el papel, le ajusta las cuentas a la memoria, a un reloj que siempre va en nuestra contra y tiene la manía de no detenerse nunca.