FOMBELLIDA, RAFAEL. VIOLETA PROFUNDO

FOMBELLIDA, RAFAEL. VIOLETA PROFUNDO

VIOLETA PROFUNDO, RAFAEL FOMBELLIDA

Uno nace lleno de luz y con los años empieza a empaparse de sombras, a imitar a la noche, a vestirse con la túnica indolora de la nada. Uno nace repleto de vida y va muriendo poco a poco. Uno mira al frente y cada vez se siente más cerca de la otra orilla. Lo que comienza a contemplar con dificultad, se presenta nítido a cada paso. Uno se interna más allá de sí mismo cuando se sumerge en el mar de las tinieblas, en el silencio sobrecogedor de las meditaciones, en el viento susurrante de la belleza. Uno se juega la existencia en el camino y se detiene en estos versos para recuperar fuerzas, para que los cristales del sendero duelan, aunque no impidan seguir adelante. Uno tiende siempre a echarle las culpas al tendido cuando la realidad es bien distinta: la vida simboliza la lucha que se mantiene día a día con la sombra del cuerpo que antes fuimos. Es un combate desigual que nos manda a la lona y, sin embargo, nos resistimos a la caída. Es una derrota que se niega a rendirse, es una victoria sin sonrisa. Pero victoria al fin y al cabo. Es uno que se transforma en el poema en un nosotros.

Rafael Fombellida recrea un mundo cromático en Violeta profundo. Escribe colores como el propio título y pinta realidades como la vida misma. Divide el poemario en dos partes que claramente podrían equivaler a la lucha por la vida de Campo de Marte y la lucha por la muerte de La bella homicida. Mucho más extenso el primer grupo. Totalmente efímero el segundo. Compone una lírica muy humana en el sentido de que huye de una visión maniquea que simplifique el universo, y se mueve plácidamente en el contraste, en una antítesis crónica entre vida y muerte, entre luces y sombras, entre día y noche, más adecuada al carácter del ser humano, más ajustada a todo aquel que duda, que a veces se ve abocado a dar un rodeo para llegar a la meta.

El poeta cuelga un puente intermedio entre la reflexión y la mirada como si refugiarse en los extremos fuese una condena, un paso más próximo a caer por el abismo y lanzarse con los ojos abiertos al vacío, un acto de heroísmo, del que sabe de qué está hecha la existencia, de locuras meditadas que habitan las regiones más umbrías de la memoria. Sus personajes se desenvuelven mejor en el anonimato de la noche donde tienden a escupir los rencores del día, a perder cierta dosis de civismo ante el cinismo de la gente, ante la sordidez del mundo. Afrontan la muerte con la serenidad del que ya conoce su destino. El peso de la vida necesita más hombros que la nada, más el refugio del poema que el sueño eterno de una tumba.

Rafael Fombellida lanza un himno al alba donde la noche se erige como refugio de los amantes y los primeros rayos de luz suenan a canción de despedida. En ese país habitado por las sombras se desliza un despertar a los sentidos a través de la vista, de la música, del tacto, de la pintura. Un ojo atento a todo lo que nos conmueva.

Se arroja a los brazos de un árbol, a las ramas de la oscuridad, a sabiendas de que el temblor de su cuerpo no es más que la sacudida de las hojas que la estación no perdona. Somos una recogida, un otoño que se niega a caer en las fauces de una escoba, de un cepillo, de un cubo de basura. Una historia en minúsculas que revolotea en la conciencia como un pajarillo inocente en la copa de un roble. La vida es dura y en su dureza el hombre procura sobrevivir. No quiere ampararse en la verdad del cine, sino en la ficción de la realidad.

En ese espíritu de contraste admira el canto de la alondra, porque nos llena de ritmo el alma, nos despierta de ese estúpido afán por dejarnos llevar por la corriente. Sin embargo, con el tiempo las fuerzas y las esperanzas van menguando y se vislumbra la mentira de la calandria. La alondra es un poeta del amanecer. Un despertador que, en su afán por devolvernos a la luz, nos ciega de realidad, desdibuja con su canto los sueños. El ruiseñor nos alumbra las noches en un momento en el que, cansados de tanta existencia, preferimos buscar refugio en el vino de las sombras. Con tanta música no hay quien escriba un buen poema. No obstante, el poeta es capaz de abstraerse del ruido y extraer la belleza que lo produce en un libro tan sobrio como lúcido.

A Rafael Fombellida no le gusta darse la espalda. Mirar hacia atrás es sentirnos cada vez un poco más muertos, pues las fotos en blanco y negro no adquieren el color de la vida por mucho que fijemos la mirada. Piensa que de nada sirve la huida. El tiempo es una broma que nunca tiene prisa. Posee la paciencia del que no espera nada. Siempre está al acecho como todos sus poemas. El tiempo siempre nos lleva a ellos.