DIEGO, BORJA DE. BARRO

DIEGO, BORJA DE. BARRO

BARRO, BORJA DE DIEGO

La poesía comprometida no tiene la necesidad de ser totalmente seria, pues a veces la ironía o el sarcasmo pueden arrancarnos un amago de sonrisa antes de que lleguemos al fondo de la verdad, de modo que asumimos y aceptamos el dolor de estar vivos sin recurrir a gritos estridentes. Borja de Diego no busca el refugio de la infancia como escudo en el que pueda sentirse a salvo ante los golpes del destino, sino que se sumerge en las profundidades de la historia para hallar el origen del hombre. No va solo en este proyecto, sino que sus escritos presentan el contrapunto perfecto de unas ilustraciones de Felipe Bollaín que ensalzan el poema como si la palabra naciera entre los brazos de la imagen o la imagen no tuviera más amparo que la palabra. Se llena las manos de barro y navega, a través de los ojos, a los confines del mundo, a través de la mente, a la realidad de la existencia. Su vida es un hallazgo o la búsqueda de un hallazgo que dé sentido a la sinrazón de los días cotidianos. Sus ojos, cargados de recuerdos, se derraman en el papel a modo de advertencia como ya intentaron por otros medios sus antepasados. El hombre es eminentemente social y desde sus orígenes ha planteado su camino como una comunicación, como un puente que debemos cruzar para no caer en las aguas del olvido. Ha intentado encontrase en la piedra, en bocetos de sol esculpidos con la sangre, en las estelas dibujadas en los ríos, en las líneas nerviosas de la tierra, en el vuelo caprichoso de las aves. Ha intentado hablar con la mirada, con un silencio tan elocuente que no requiere de palabras. Y, con un gesto taciturno, de pérdida, ha regresado a su pueblo donde las paredes se convierten en pequeños poemas que los años se encargan de interpretar, versos que se escuchan bajo el redoble del viento como esa letanía lejana que nos define y nos describe desde la distancia.

El yo coral, que se desprende en estos poemas del ego desmedido del yo poético, ha viajado en el tiempo, ha adoptado el atuendo de otros seres, se ha limpiado el sudor del esfuerzo en el agua como esos pescadores que se defienden ante la vida con el orgullo de sus redes, que regresan exhaustos a los brazos de la tarde a modo de acto de amor ante los suyos. Lucha por una existencia más noble y dignifica el valor de la victoria al confesarse derrotado, al ser consciente de que la palabra es un arma tan poderosa como cualquier otra. El yo coral trata de esbozar unas líneas y con un lápiz imaginario compone figuras en el aire, en el mar, en un tiempo que se muestra implacable, en una memoria agotada de darse tanto la vuelta, de contemplar tan solo la espalda del universo. Y desmenuza la muerte como si las huellas que deja a su paso fuesen el aprendizaje necesario para llevar a cuestas el peso de la conciencia, una manera elegante de no perder las raíces, de plantarlas ante nuestros ojos, pues de la derrota se sacan mejores conclusiones que del triunfo.

Borja de Diego compone un poemario que ha de ser entendido en su totalidad, como si sus piezas frágiles no tuvieran el significado exacto si no se analizan en su conjunto. Es un poemario abierto a los sentidos, donde no sólo late el corazón de la vista, sino que la imaginación da forma física a la realidad del poema y el tacto se erige como una forma más de interpretar la vida. También el oído alza el vuelo entre las melodías cotidianas del recuerdo, pues el quehacer humano se oye desde la lejanía, se palpa en el paladar de los pequeños detalles.