WOLFE, ROGER. GRAN ESPERANZA UN TIEMPO

WOLFE, ROGER. GRAN ESPERANZA UN TIEMPO

GRAN ESPERANZA, UN TIEMPO, ROGER WOLFE

Algo tan común como la presencia de un perro en el seno de la familia sirve como punto de partida para poner de manifiesto la idea de que lo cotidiano nada tiene que ver con lo vulgar, sino que, al contrario, en manos de quien observa el día a día con emoción y con entusiasmo, adquiere el rango de poesía de muy alta estima, desmiente la tesis de que el poeta vive en un mundo ajeno a la realidad. La personificación de este animal doméstico hace que sintamos como cercano el latido del verso, estimula la curiosidad como una fórmula eficaz para ver los rincones en penumbra, desentierra el hueso o el alma con el fin de roerlos y presentarlos ante el público con esa desnudez inocente con los que sale a la intemperie.

Roger Wolfe conjura el insomnio con la luz de la palabra como almohada donde apoyar la cabeza de una jornada agotadora, cambia la pluma por un cigarro con el que dibuja en el aire su mejor poema, esa canción de nubes y de sueños que deambula de un lado para otro gracias al poder evocador del viento, al rumor apagado de unos ojos que no dejan de mirar en ningún momento. Gran esperanza un tiempo es un poemario capaz de engañar a la muerte con el atisbo de una mujer hermosa, de concebir el viaje como una experiencia en la que palpita el misterio de la vida, en la que no sólo se desplaza de hotel en hotel el cuerpo, sino que el corazón va llenando de tiempo sus bolsillos.

Roger Wolfe toma asiento en el tren del olvido junto a Antonio Colinas, da vida a Juan Ramón Jiménez en la cadencia inmortal de su voz, cambia de siglo para estar cerca de Baroja, Mann, Eliot, Proust… En definitiva, rinde tributo a sus escritores de cabecera.

Gran esperanza un tiempo se decanta por la estética del instante, por ese carpe diem capaz de detener las manecillas de un reloj, recorre la geografía física de un beso derramado en las cataratas de un labio hasta morir de gozo en las telarañas del ombligo, es una ventana que se lanza indiscreta al abismo del mundo para reflejarse en el espejo de la gente, de un paisaje que no muere, a pesar de que ya lo hemos llorado.

La existencia es un cigarro llevado a la boca en esa época tan moderna en la que está prohibido el humo. Quizás duren más sus argumentos, pero no se escriben poemas para los cobardes. Es salir a la calle con el riesgo de tropezarnos de bruces con el peligro, de lanzar las cartas y jugarnos los cuartos a todo o nada. La conciencia de saber que todo es nuestro. La certeza de asumir que nada es todo. Y mientras tanto, el placer de arañarnos la piel de soledad en los vericuetos del camino.

Cuando todos hablan y nadie se muestra dispuesto a escuchar lo que dicen los demás, cuando todos gritan sin que el silencio se pueda oír, es más necesaria que nunca la poesía.

Como en los versos de Karmelo Iribarren, no entiendo la etiqueta de realismo sucio que se le asigna a este estilo peculiar de presentarse ante el folio en blanco, pues Roger Wolfe traza un poema desnudo, transparente, sin adornos innecesarios, sin la seda de una niebla que empañe nuestra mirada. Como un amigo mío dijo una vez: Realismo limpio y cada vez más limpio, con la nitidez de quien empeña el corazón en cada palabra.