MORENO, CARMEN. IRREMEDIABLEMENTE. DECONSTRUCCIÓN

MORENO, CARMEN. IRREMEDIABLEMENTE. DECONSTRUCCIÓN

Irremediablemente. Deconstrucción, Carmen Moreno

No hay guerra que te deje más desnudo que el desamor y en esa soledad impuesta por las circunstancias el deseo pierde la batalla. Se queda sin campos de plumas donde ejercer su tiranía. No hay herida más profunda que las invisibles cicatrices que duermen entre los brazos de un corazón indefenso. No hay lágrimas más húmedas que aquellas que no salen a la superficie, que se balancean en el tejado sin redes de las pestañas, como un columpio que acuna los sueños perdidos de un niño. No existe aún esa memoria que renuncie al recuerdo en los instantes de debilidad. Hay un momento en el que el dolor acude al folio como un modo de desplumar la conciencia, de que se abra el hueco necesario para que podamos seguir respirando. La guerra de Troya es, en definitiva, la guerra que establece uno consigo mismo, de tal forma que siempre perdemos. Es así como hay que afrontar la vida, sabiendo a ciencia cierta que la felicidad es un remanso fugaz en una selva cargada de gritos.

Irremediablemente. Deconstrucción no sólo apunta al centro de una idea que se desmonta en sus unidades más pequeñas con el fin de que podamos presenciar en directo su ensamblaje, conocer a fondo el alma del poeta, sino que en ese proceso es imprescindible que nos salpiquen las contradicciones y ambigüedades del ser humano. Es llanamente la descripción de una persona. No es un ser plano, sino un carácter lleno de matices. En esa riqueza se sumerge de pleno el lector, se entrega el ser humano.

El libro supone el alejamiento de Cádiz hacia Madrid donde se produce el proceso de descomposición hasta el reencuentro con su ciudad natal, un viaje de ida y vuelta en el que conviven ese amor y ese odio al lugar que la vio nacer. El poemario nace en la raíz profunda del dolor, bajo una sensación de tristeza y de vértigo que se acentúa gracias a la ausencia de comas y a la escasez de signos de puntuación. La vida corre tan deprisa que a veces no tenemos tiempo para ajustarle las cuentas.

Carmen Moreno asiste a su propio entierro consciente de que le espera una nueva andadura y se pregunta si existe vida más allá del amor o si existe el amor más allá de la vida. Recrea una muerte tan ficticia como necesaria, un ejercicio de higiene gracias al cual puede arrancar las hojas de un calendario, empezar a escribir las páginas vírgenes del presente. No es que pretenda alcanzar la grandeza lírica de Quevedo en sus inmortales sonetos. No es que pretenda esbozar con trazos gruesos el contorno de las palabras. Es simplemente una poesía descarnada, lacerante, directa, como un golpe al mentón de cualquier púgil, que no deja indiferente a nadie, la libertad de un corazón desbocado, con la boca abierta a través de la cual huye la existencia hacia el papel, se cuela el mal aliento de la calle.

Acaso nuestro paso por este mundo consista en dejarnos matar tantas veces como espadas atraviesan nuestro cuerpo. Es la única fórmula de caer por el abismo y alcanzar el otro extremo, tan vacíos como libres, tan ansiosos por llenarnos, como tan aprensivos por borrar nuevamente nuestros perfiles. Para soportar la soledad y combatir la lucha diaria contra nosotros mismos, es saludable deshacernos al completo, con el fin de reunir las piezas otra vez, con la idea de encontrarnos con otro yo. Eso mismo hace Carmen Moreno y no tiene miedo a salir a la intemperie.

La literatura se convierte en una especie de terapia donde el poeta encierra sus fantasmas, donde tiende a refugiarse, cuando la voz se atraganta entre los dientes, cuando la piel es una diana en la cual se dibuja la sed impalpable de un desierto, cuando el mapa de carreteras aparece salpicado de piedras, como un tatuaje que nos deja en carne viva, cuando el alma no puede ni siquiera abrir los labios, sugerir la niebla carnosa de un beso. La literatura crece cuando se descompone el cuerpo, cuando es insoportable el silencio de la realidad. Cuando ha masticado tanto los huesos de la miseria que ya tan sólo queda el polvo del camino, unas huellas que se difuminan en el baile macabro del viento.

Carmen Moreno se cuestiona la valía del escritor en los tiempos que corren, en una sociedad en la que los héroes ya no existen y los mitos son estatuas de marfil sin vida propia. ¿De qué sirve ser honrado en un universo que muerde sin consideración los valores de siempre? La honradez es un modo de saltar a la palestra a pecho descubierto. Es un tipo de derrota que dignifica al que la sufre.

Carmen Moreno ataca sin piedad el carácter pusilánime de una ciudad como Cádiz, de unos ciudadanos que no han aprendido nada de su historia, de unos hombres que siguen cometiendo los mismos errores. Blasfema a viva voz, porque piensa que los dioses nos han abandonado, nos usan como trapos de sus juegos infantiles. Y, a pesar de todo ello, se niegan a derramar la inocencia.

La asunción de la pérdida es el primer paso hacia la victoria. Así se siente triunfante Carmen Moreno. De ese modo, sale el lector cuando se sumerge en sus versos. Cargado del frescor de la espuma. Llena el alma de vivencias, a pesar de ese olor a muerte, a cierta esperanza que se asoma tras la herida.