BERGAMÍN, JOSÉ. LAS VOCES DEL ECO

BERGAMÍN, JOSÉ. LAS VOCES DEL ECO

LAS VOCES DEL ECO, JOSÉ BERGAMÍN

Nigel Dennis nos ofrece en bandeja la labor poética de José Bergamín sin orden temporal, sino siguiendo el rastro de los diferentes estilos que cultivó el escritor madrileño: el eco popular de Coplas y cantares, el eco de los Siglos de Oro de Sonetos, el eco romántico y simbolista de Rimas y el eco envenenado de Poesías satírico-burlescas. Una forma inmejorable para sumergirnos en sus páginas y hacernos una idea conjunta de su trayectoria, de un estilo que se define por carecer de estilo definido.

El dolor de una vida salpica los versos y los ojos con esa sensación de huella que se va trazando en el camino, que se esboza en el rostro a modo de cicatriz. Es la memoria retorcida del tiempo, a modo de nube que deja en el horizonte un llanto de tormenta. El amor de una vida se condensa en muy pocas palabras. Es más fácil vivirlo y mucho más difícil describirlo salvo con la antítesis. Con un cúmulo de sensaciones contradictorias en las que triunfa la pasión, en las que la soledad nos conduce hacia la reflexión, hacia una sabiduría que se desgarra en las raíces del pueblo, de una tradición tan inteligente como sencilla, tan profunda como devastadora. Las verdades se ocultan en el sol de las mañanas. Nunca buscan una sombra donde refugiarse. El poema corto, de raigambre popular, se desborda como un río que se pierde en el cauce del recuerdo hasta alcanzar las aguas saladas del mar, que se confunde en el pasado sin que podamos hacer nada, que en ocasiones choca de bruces con el desamor en una de esas presas en las que el agua se siente estancada, lejos de su anhelo de libertad. Y la libertad de vez en cuando despliega sus alas y desaparece sin dejar rastro. Se aleja de nuestra mirada sin saber si quiera adónde va. Ese vuelo que se eleva ante nuestros ojos es el desfile de nuestra propia experiencia que pretende captar el poeta antes de que apaguen sus luces. En este contexto adquiere relevancia el poema como esa instantánea que reproduce la herida de la emoción, como ese tatuaje que se impregna en la piel para siempre. Como un antídoto eficaz contra el olvido.

Para José Bergamín la vida es una sucesión de entregas y de derrotas, de sueños que palpan la realidad y de realidades que se acomodan en los brazos de la noche, igual que esa almohada que vela por nuestro descanso, que se erige como el puente necesario para alcanzar la otra orilla. Al contacto con nuestro cuerpo nos recuerda que estamos en el mundo. Bajo el arrullo de nuestros deseos le ofrece otras perspectivas a la aurora.

La poesía del escritor madrileño actúa como esa inocente cuerda que tensa la flecha de un arco para clavarse en el corazón de la conciencia. Camina desde un extremo a otro de la cordura y avanza sin miedos hacia el soneto, hacia una lírica culta que se sumerge en los mitos, en el fuego sin memoria de Garcilaso, en la lengua afilada de Quevedo, en el juego de palabras que retrata una pasión desbocada, en el tópico de un Tempus fugit que late dolorido entre los pliegues del verso, en una melancolía profunda con sabor a muerte y en una fragancia absorbente con olor a vida. Temas elementales en la existencia de todo ser humano que salen a relucir en el poema como un espejo que reproduce con fidelidad el día a día, las preocupaciones cotidianas de cualquier ciudadano de a pie. Las contradicciones ponen en entredicho la buena fama de la certeza y se decantan por el mundo crítico de la duda. Cada vez que nos hacemos preguntas, las respuestas salen a nuestro paso con el afán de darnos a entender que el camino correcto no es la solución a los enigmas, sino el proceso de la búsqueda, ese laberinto de aprendizaje en el que nos perdemos sin hallar la salida. Pues, más allá de ese itinerario, sólo se divisa el vacío, el abismo de las sombras, el recuerdo de la nada.

José Bergamín es consciente de que el silencio late con tal furia que se oye en el interior del alma, como una queja que se va desgranando en el fuego de la vida, como un reloj que se duerme esperando impaciente la muerte, como el rumor del mar que deja tras de sí la sal de su melodía, como el murmullo del viento que juega a contarle secretos a los árboles, como esa luz que se desmaya en los brazos de la noche. Ya sólo nos queda entregarnos a la estética del instante, a las cenizas del amor y al amor en cenizas de la nostalgia, antes de que crucemos al otro extremo del río. El otoño, con sus hojas danzando en el aire, nos ofrece una perspectiva de la distancia y el reclamo de una memoria que posee ya un horizonte más amplio hacia atrás, el paisaje de una tarde aterrada por la sombras, un sendero estrecho en penumbras al fondo de una calle sin salida.

Las voces del eco recoge el dardo lanzado hacia un franquismo intolerable en el que el humor y la sátira se arrojan de cabeza hacia el folio como si la denuncia de un sistema nos impulsara a crear una España mejor donde no hubiera más armas que la palabra, donde la única lucha posible fuera la lucha por ser mejores, donde el sin sentido de la batalla cayera derrotado ante nuestros pies. Bergamín sufre el dolor del exilio hasta el punto de que no supo o no pudo reconciliarse con España, con esa España tan alejada de sus concepciones republicanas.

Las voces del eco es el intento de captar en el papel el latido de la existencia, el espejismo de creernos que, a través de la memoria, somos capaces de vivir dos veces, el milagro de contemplarnos desde ángulos opuestos, como quien se mira en el espejo y no se reconoce en la imagen que tiene delante.