JAÉN BERNUZ, JOSÉ MANUEL. MANUAL DEL BUEN SEPULTURERO Y OTRAS TUMBAS DE CARNE Y VERSO

JAÉN BERNUZ, JOSÉ MANUEL. MANUAL DEL BUEN SEPULTURERO Y OTRAS TUMBAS DE CARNE Y VERSO

MANUAL DEL BUEN SEPULTURERO Y OTRAS TUMBAS DE CARNE Y VERSO

 

Vivimos tan pendientes de la muerte que a veces se nos olvida la vida. La malgastamos en juegos de pirotecnia que a la postre no ayudan a consolar el alma, ni siquiera a complacer el cuerpo. Manual del buen sepulturero y otras tumbas de carne y verso es el primer poemario de José Manuel Jaén Bernuz, pero no es un estreno común. No viene marcado por la falta de pericia a la hora de manejar con soltura el verso. Por el contrario, es fruto de un sinfín de lecturas, de reflexiones en profundidad donde saltan a la palestra las letras y los hechos. De una experiencia que se filtra por el hueco en sombra de las palabras. De una madurez tan completa que cae por su propio peso del árbol hacia la boca entreabierta del lector. Es un manjar que abraza con sus dedos los tiernos labios de la conciencia.

A pesar del título, este Manual no acude a la tragedia como una vía de escape ante el descontento general, sino que es un modo de concebir la existencia, de ser consciente de una realidad tan rotunda como incontestable: el ser humano crece en medio de la pérdida. No se da por vencido la primera vez que besa la lona. Se levanta contra el mundo y en un episodio de esgrima rasga el papel como si se estuviera abriendo. Se desangra de forma tan apasionada como sincera. No se acerquen demasiado a sus poemas. Todavía conserva fresca la sangre de la batalla, la batalla sin cuartel de la sangre.

Manual es una rosa que ha florecido a oscuras, en tinieblas, con los mimos inciertos de la belleza, con los golpes propios de las espinas. Es simplemente una moneda al aire cuyo valor descansa en la escasa importancia hacia las pertenencias materiales, en la coherencia constante hacia uno mismo.

José Manuel deja abierta de par en par la puerta de sus sentimientos sin necesidad de acercarse a un estilo edulcorado, con el propósito de señalar las arrugas del camino, en un tono áspero y tierno que no pretende congraciarse con nadie. Es un punto de vista descarnado, libre, desnudo, que se asienta entre las páginas como esa visita incómoda que no acierta a comprender nuestros deseos.  Es un espejo donde la propia muerte siente recelos de mostrar su rostro, donde la vida misma se hace invisible y transparente al mismo tiempo.

                Un puñado de sal, a pesar del dolor, nos conduce al final del túnel, a la tumba azul del mar. Un manojo de humor sacude las entrañas de la esperanza y la sonrisa se oye más allá del silencio. No existe aún una tumba en la que los fantasmas no quieran salir a la calle. No existe un soplo de aliento que se resista a empañar su propia imagen. Y, sin embargo, José Manuel Jaén Bernuz apuesta descaradamente por la vida. Se quema conscientemente, pues piensa que la única forma de vivir es en el fuego, con el pelo gris de ceniza, con el cuerpo tatuado por el desengaño, con las manos llenas de fracasos. Con los hombros cargados por el tiempo. Con el tiempo acomodado en sus hombros. Pero siempre de pie.

                Manual es un canto al optimismo que arranca desde la nada, desde las sombras, hasta que el gesto amable de la inocencia enseña sus garras de luz. De la muerte avanza hacia la vida. Y en la vida, entre las páginas vírgenes de la carne, entre las hojas sueltas del sexo, nada tiene sentido. Escribe, en definitiva, el mejor poema. El poeta se deja vencer por la cadencia de la entrega. Sólo la derrota lo devuelve a las letras. Sólo el fracaso lo lleva de nuevo a la carne. José Manuel tiene esa pizca de insolencia que lo hace diferente. Un poso de humildad que lo hace eternamente humano.