GONZÁLEZ, IVÁN. SILENCIO DEL MUNDO ROTO

GONZÁLEZ, IVÁN. SILENCIO DEL MUNDO ROTO

SILENCIO DEL MUNDO ROTO

 

Cuando callan las palabras y fluyen los pensamientos a borbotones como un manantial desbordado, queda una poesía profunda, reflexiva, que nos empapa la conciencia, que nos invita a pensar y a sentir, pero, sobre todo, a vivir cualquier episodio del día a día como si fuese el último. Una literatura tan realista como auténtica.

Cuando es el mundo el único marco donde se desenvuelven los deseos y la mujer el escenario propicio donde desembarcar las nostalgias y los sueños, no hay más consuelo que aplicar las reglas del tiempo, no hay más remedio que pisar a fondo sobre la tierra en ese intento desesperado por que nuestras huellas sigan latiendo más allá de sus pasos, por que esbocen una caligrafía legible donde mojen sus pies los recuerdos, donde se pueda leer el mensaje siguiente: si tus pisadas no son suficientes como para conmover al vecino, no se te ocurra caminar de puntillas. Sigue clavando las entrañas en la niebla.

Cuando el desengaño nos muerde el cuello de forma tan sutil como inevitable, no le respondamos con más besos. Atemos el corazón a la cintura del viento y dejemos que la caricia se precipite contra nosotros, se lance al vacío. Viva y muera con tantas ansias como desencanto.

Iván González recrea un universo tachado de pasado donde la experiencia se acuesta sobre un lenguaje sin eufemismos, sobre el colchón dolorido de las palabras, como un desfile de fotos antiguas que se niegan a caer en el olvido. No dibuja un mapa del deseo redondo, sino una realidad con sus aristas, un sueño de contrastes, de extremos en donde danza sin remedio todo ser humano. Un silencio repleto de música, de resonancias que repican más allá del verso. Es una poesía de la imagen donde el cine se da cita con frecuencia.  

Poemas largos, narrativos, donde el corazón se empeña en hacer sus propias caminatas por el sendero de la memoria, por una infancia que revolotea por el cielo de Madrid. Poemas extensos que nos recuerdan que la felicidad es breve, es efímera, como una paloma que emprende el vuelo entre nuestras manos. La capital de España se identifica con el paraíso perdido de la infancia donde acude el poeta en busca de refugio después de la derrota. Sin embargo, la caída no simboliza el fin del mundo, sino la senda amable por la que transita la experiencia, el modo más eficaz para aprender a convivir con los fantasmas y con nuestros propios errores.