SEVILLA GÓMEZ, PEDRO. LOS RELOJES NUBLADOS

SEVILLA GÓMEZ, PEDRO. LOS RELOJES NUBLADOS

LOS RELOJES NUBLADOS

La ternura es un concepto abstracto, tan difícil de definir en el papel, como de palpar entre los dedos. Sin embargo, Pedro Sevilla posee la extraña habilidad de hacer que el lector la escuche en sus palabras, como ese beso arrojado al aire que extiende sus alas en la cara amable de la memoria, en los ojos indefensos del que abraza en silencio las páginas de Los relojes nublados.

El otoño es un calendario despistado que adquiere en sus paseos el temblor de la nostalgia, el contraste entre la muerte y la fiesta, como si la muerte fuera el resultado de una feria establecida por el tiempo y la fiesta, la semblanza de una sonrisa dispuesta a perderse en el umbral de los hechos cotidianos. Me recuerda a un fragmento de una novela de Cela en la que un torero asistía moribundo a sus últimos instantes, mientras el pueblo celebraba el festejo en la misma plaza. El silencio frente al ruido como dos alas que se rozan constantemente.

No duele el recuerdo, los datos que de vez en cuando retornan a la cabeza, a raíz de un olor que invade el presente de melancolía o de infancia. No duele la vida. Duele lo que no se ha vivido. Duele el olvido. La sensación de haber asistido a más años de los que han latido en el pecho.

Los relojes nublados acoge en parte la pasión de Pedro Sevilla por el cine, la caricia inevitable entre la palabra y la imagen, como el doble decorado de una existencia, como un canto por el arte y por la estética. En la novela nos rescatan los sinsabores de las revistas del corazón y el latido de ternura de una madre que se oye por encima de estas líneas.

Es un recorrido por unas manecillas tristes en una época en la que el pasado no desfila como paraíso perdido. Es un ejercicio de evocación cuyo presente aparece invadido por las nubes, por una miopía antigua que soporta la huella de una herida, las arrugas de una cicatriz borrosa a la intemperie, luminosa en el corazón.

Aparece un guiño evidente a la figura de su padre en ese alegato encendido a favor de la paciencia. Una enseñanza de un campesino que entiende a la perfección el ritmo necesario de la existencia. Entiende que hay que preparar la tierra para sembrar la semilla. Entiende que hay que regar el alma para que brote la caricia. Entiende que en la estética de la espera hay un fondo de sabiduría. Entiende que las prisas nos atropellan. Entiende que las carreras nos dejan sin aliento y el aire en los pulmones es el mejor método para que podamos sentir la lejana voz de unos valores que se van quedando en el camino. Entiende lo que otros se niegan a entender.

Los relojes nublados se inscribe en un episodio de la historia de España en el que la sombra de la dictadura aún palpita con fuerza, en el que la democracia se comporta como un bebé que desconoce cuál va a ser su destino. Pedro Sevilla da rienda suelta a ese niño de tal forma que parece devolvernos al pasado, de tal modo que parece conciliarnos con nuestra memoria. Si el drama del alcohol nos conduce inexorablemente hacia un mundo plagado de olvidos, de lagunas, de piezas rotas en el engranaje de nuestro cerebro, el marco histórico que envuelve el humo de esta novela nos sumerge de lleno en una vida cargada de conciencia. Hay que mirar atrás para que nuestros pies caminen sobre un suelo firme. Sus personajes recorren los recovecos más oscuros de un pueblo, caminan por unas calles que, desde el primer instante, desprenden el olor usado de una época perdida, una época que se presenta de nuevo ante nuestros ojos.

Si el amor nos invita a volver a la adolescencia, no hay una forma más plausible de enfocar el día a día que con una sonrisa, que con la bruma misteriosa de un beso cuyo calor aún hoy nos sigue calentando las manos, despide durante unos minutos el frío de la soledad, el silencio con sabor a muerte de la tristeza.