CASAS, ELENA. POR EL CAUCE DEL SUEÑO

CASAS, ELENA. POR EL CAUCE DEL SUEÑO

POR EL CAUCE DEL SUEÑO, ELENA CASAS

Elena Casas entiende la literatura como un gesto de aproximación al lector, como esa luciérnaga que, con sus guiños, establece un diálogo luminoso ante nuestros ojos, como la amable canción de un ave que extiende sus alas hacia los corazones. No pretende beberse la vida en solitario, sino descorchar la piel de los sueños con la herida generosa de un relámpago. Esbozar el grito de cielo que se dibuja en el paisaje, como esa grieta del camino que uno recorre con sus huellas hacia atrás, que uno contempla hacia adelante. Ese punto intermedio en el que se detienen nuestros pasos no es más que esa cicatriz de tiempo que ansiamos atrapar en el papel. La existencia es simplemente ese pequeño ejercicio. La poesía, un intento entusiasta de abrazar la sonrisa del vacío, un modo sencillo de agarrar con las manos la niebla escurridiza de la duda. Un presente que se derrama entre los versos, que envejece bajo las sombras de los álamos.

Cuando uno no sabe si la soledad es un retorno o una huida, lo que hacemos es evitarla. Buscar el amor en el claro sendero de la luna. Protegernos del frío bajo la penumbra  abierta de la noche. Las pecas de la inocencia se reflejan en el rostro de una niña. Y unos padres descienden de la muerte para convocar a la memoria, para desbordar el río insaciable del recuerdo, para indicarnos que todo fluye hacia el ocaso, que todo nos conduce hacia el reencuentro. Como telón de fondo la música discreta del silencio.

Elena Casas inventa un Madrid preñado de olores desde la ventana abierta de su corazón, desde esa almohada de nieve que se comporta como una página en blanco donde uno puede escribir sus propios sueños, donde uno puede anotar el gesto amable de la belleza, donde la naturaleza llena de colores las calles solitarias de la nostalgia. La vida sigue los pasos de ese Tántalo que oye la sonrisa del mundo sin ser capaz de reproducirla en su pecho, de esa música de lluvia que nos empapa hasta la palabra y no nos permite elevar las alas. Elena Casas es consciente de que el tiempo es un reloj tozudo que se niega a darnos tregua. Solo podemos calentarnos el alma bajo la hoguera herida de los versos, bajo el relámpago de luz que se desabrocha bajo la blusa, bajo el fuego incandescente de unas manos con el que nos aferramos a la pasión durante unos segundos. No es posible apresar la llama sin quemarse. No es posible quemarse sin que una huella invisible se desparrame en la conciencia.

Por el cauce del sueño es posible enamorarse del instante. Hacer que el instante vuele en el aire para fijarse entre las nubes como un poema libre. Hacer que los ojos se desaten como esos pájaros que se arrancan una pluma para dejar escrito en el folio virgen del cielo el rayo huérfano del amor, con la torpe caligrafía del que se abre paso entre la maleza del bosque. Hacer que los ojos sientan el pulso acelerado de la vida. Hacer que la vida se sienta en cada huella del camino.