2. En la cresta de la ola

2. En la cresta de la ola

MEMORIA DE PAPEL

«En cuanto a nosotros, fuimos hombres de nuestro siglo: no escogimos nacer y vivir en aquella España, a menudo miserable y a veces magnífica, que nos tocó en suerte; pero fue la nuestra. Y ésa es la infeliz patria —o como diablos la llamen ahora— que, me guste o no, llevo en la piel, en los ojos cansados y en la memoria». Bajo el refugio de una cita escondida en la sangre pura de Limpieza de sangre trato de justificar esa visión que Reverte posee de su país: insuperable para unas cosas y perra, como la vida misma, para otras.

Con expresiones que corren hacia una aparente sencillez, con las temblorosas hojas del misterio y de la aventura se tejen las mejores páginas de La carta esférica cargadas de grandes dosis de historia, vida y amor.

Este artesano de la tecla que se sumerge en la escritura durante diez horas diarias —que nadie se crea que escribir es un don divino, sino un trabajo duro y feliz al mismo tiempo— no tiene pelos en la lengua, aunque sí conserva una serie de tacos para humanizar la realidad, para que la prosa de la calle no camine por las autopistas aparentemente bellas de lo cursi, aunque sí conserva esa concepción de la historia como la memoria de un tiempo que pretende recuperar nuestro pasado a marchas forzadas. Sin pasado no somos nada, «la memoria de un reportero siempre es la memoria de un largo álbum de viejas fotos, de imágenes que a veces se funden unas con otras, de recuerdos propios y ajenos».

En su último libro Arturo Pérez-Reverte ha lanzado el anzuelo de la imaginación como un pescador de palabras que recoge a un marino abocado a navegar por los vericuetos de la tierra, sin brújula, hasta tropezar con una mujer calificada de peligrosa.

Y dejemos el final para el final, dejemos que el de Cartagena hable por nosotros.

«Hay cosas que uno debe decir cuando las debe, y si no lo hace arriesga lamentarlo toda su vida. Aunque a veces lo que lamenta sea precisamente haberlas dicho».