3. Confesiones de un pecador

3. Confesiones de un pecador

MEMORIA DE PAPEL

Los dioses y, por tanto, la religión surgieron en primera instancia para que los hombres columbraran una explicación razonada y razonable a todos aquellos fenómenos que eran incapaces de comprender. Cada comunidad humana configuraba sus propias creencias hasta tal punto que las diversas religiones se repartieron el mundo. Entonces la codicia por el poder se desató y se produjeron enfrentamientos fraternales. La intolerancia campaba a sus anchas y el catolicismo ya no respondía a los mensajes de Cristo: la riqueza de espíritu y la pobreza material.

Hace escasas fechas el papa Juan Pablo pidió perdón a la humanidad por los crímenes que la Iglesia había cometido a lo largo de su dilatada historia. Supone un acto que lo dignifica como persona, pero que no devuelve la vida ni el sufrimiento a aquellos que sintieron las garras intolerantes de la Inquisición.

En el nombre de la fe se han perpetuado acciones horrendas, las cabezas pensantes se han inspirado en la fe para llevar a sus hombres a la guerra. Tampoco puedo soslayar que en nombre de la fe se han realizado algunas de las empresas humanitarias más positivas, como la Reconquista y la unificación de España a cargo de los RRCC, como la acción de esos misioneros que se lanzan a la aventura con lo puesto.

Ahora que la Semana Santa se nos echa encima, voy a confesaros ese vía crucis particular que recorre las calles oscuras de mi cerebro. Como muchos, soy un católico no practicante que simpatiza en parte con los ideales de Erasmo de Rótterdam. Soy un devoto de la fe de los hechos, soy un iconoclasta de los hechos de la fe. No le venero excesivo culto a las imágenes y abogo por una religión interior o personal que deambule al otro lado del culto externo.

Si todas estas energías convergieran en el ejercicio de darse a los demás, contribuiríamos a crear una sociedad mejor. Ya es hora de que la Iglesia se actualice y corra siguiendo el cauce normal de los tiempos.