8. Las pateras del hambre

8. Las pateras del hambre

MEMORIA DE PAPEL

«Quizás las gaviotas sobrevuelen tu destino / y tracen las huellas de tu ausencia / sobre la arena de una tierra cualquiera / en la que nunca estuviste», voz de poetisa.

Los inmigrantes tiran la casa por la ventana para pagar a las mafias sin escrúpulos un nicho de oxígeno a precio de vida. Estos hombres de bolsillos vacíos se montan con lo puesto en las pateras para en muchos casos contentarse inesperadamente con un bocado enorme de agua, para descansar con la boca llena en un mar insaciable que placa su sed inquebrantable con las lágrimas de las víctimas. Navegan dispuestos a darle la vuelta a la tortilla de sus destinos y a veces caen a la deriva de las rocas. Me viene a la memoria la imagen de esos elefantes que se dirigen al santuario de sus antepasados con el fin de reposar sus huesos para siempre, cuando presienten la picadura mortal del sueño eterno. El cementerio humano más amplio de este siglo hay que buscarlo en el mar, cuando “los espaldas mojadas” huelen el aroma risueño de la muerte. Se zambullen en la oscuridad de la nada con la ilusión de sobrevivir, de alcanzar la vida eterna situada estratégicamente en una España camaleónica que se transmuta en un infierno en el que lo malo no es que pierdan la esperanza, sino que en el empeño suelen perder el don más preciado: la existencia.

Téllez trata de reproducir las ahogadas palabras de los que cruzan el Estrecho: «Sólo sé que vengo de un país sin expectativas, que soy joven y fuerte, que quiero tener trabajo y dinero, que quiero comerme el mundo antes de que el mundo me coma a mí».

Pretenden convivir entre los españoles que de boquilla niegan tajantemente ser racistas, pero que a ninguno le metan en sus casas a un negro o a un moro. Ante estas injusticias late con furor mi corazón de hojalata, ojalá lata mi corazón por mucho tiempo sin que se oigan las olas rotas de las pateras, los gritos roncos de los naufragios, el despecho irracional de los irrazonables.