22. Los nuevos bufones

22. Los nuevos bufones

MEMORIA DE PAPEL

En la columna de la semana pasada defendía el estudio del latín. Denunciaba el papel de estatua que le han asignado, ese caminar por los centros escolares como un caramelo entregado a un anciano que roe su maltrecha vejez.

Como aspirante a la docencia por vocación y por estudios, tampoco puedo soportar titulares del tipo «Los docentes ocupan el 80% de su tiempo en poner orden». Vuelvo a rumiar o, mejor dicho, a regurgitar una conversación antigua con la que fue mi tutora del CAP. Tenía razón cuando gritaba a viva voz que los docentes nos debíamos dar con un canto en los dientes si somos capaces de controlar a los alumnos. Seremos unos fuera de serie si conseguimos que aprendan algo, por muy insignificante que parezca.

A un romántico por juventud dispuesto a llevarse el mundo por delante, estas palabras le supusieron una mala digestión. Pero me he dado cuenta de que sólo servimos para mandar a callar a los estudiantes y de vez en cuando adentrarnos en el insondable mundo de la materia que cada uno imparte. Me he visto obligado a aparcar este tema en la despensa de agosto porque en este mes todo el país se paraliza y todo el mundo está de vacaciones. Las playas acaparan todo el interés nacional. Nunca se ha hecho tan evidente el artículo costumbrista de Larra.

Si deseas realizar cualquier empresa, de inmediato te estampan «vuelva usted en septiembre porque los jefes se han tomado un descanso». No quería que estas reflexiones cayeran en agua de borrajas o en saco roto. No quisiera que la educación deambulara sin rumbo fijo. Me alarma que los profesores nos hayamos convertido en bufones que debemos entretener a un público cada vez más inconformista.