Nos duele la luz que han apagado

Nos duele la luz que han apagado

Por cada hombre muerto yo recojo una palabra. Menos mal que los muertos no tropiezan dos veces con la misma bomba. ¡Qué lástima que los vivos repitan constantemente, a modo de espejo, el trágico desenlace de los que se fueron, aunque es el único modo de mantener vivos los recuerdos! El tren de la memoria lleva puesta la nostalgia de la marcha atrás y el silencio se convierte de la noche a la mañana en el máximo delator de los sucesos. ¿Qué mente es capaz de borrar esas imágenes? ¿Qué cuerpo es capaz de olvidar esos últimos trozos de vida? ¿Qué razón está dispuesta a comprender la sinrazón de los atentados? Los corazones de las víctimas laten al ritmo acelerado de exclamaciones por el horror e interrogaciones por el fragmento de vida que se les ha robado impunemente. La barbarie es anónima, pues nadie se hace responsable de sus propios Herrores, a pesar de haber dejado el fantasma del miedo sin cadenas, totalmente libre, a pesar de haber dejado doscientas dos palabras arrojadas a la conciencia de un pueblo incapaz de perdonar la mentira y un cadáver moribundo a la derecha del padre arrastrado por el vaivén del sí a la guerra.

El tiempo se dilata entre las manos del pasado y corre veloz hacia las fauces abiertas del futuro con la esperanza inocente de que el hombre no llame al hombre para destruirse a sí mismo, con el deseo ferviente de que utilice la cabeza para algo más que soportar el peso exagerado de un sombrero, con el propósito de que los fanatismos mueran de inanición, por falta de cadáveres que echarse a la boca, y la mesura encabece los principios básicos de la lógica, con el fin de atar en corto al fantasma asustado del terror sin más alardes que los hilos inteligentes de la razón, sin más preámbulos que los sentimientos legítimos del diálogo, con la imperiosa necesidad de adelantarse a los acontecimientos y que los trenes dejen de ser símbolos del miedo y encarnen como siempre la imagen erótica del deseo, porque todos deseamos que el hombre aprenda de la historia, esa maestra contumaz que nos recuerda inexorablemente que echemos un vistazo hacia atrás para no repetirnos, que sólo podemos repetir esas doscientas dos palabras en busca de un objetivo común: la convivencia. Todos gritamos con la voz desgarradora de Jesús Fernández Palacios: Nos duele la luz que han apagado.

NOS DUELE LA LUZ QUE HAN APAGADO

Título extraído de un verso de Jesús Fernández Palacios.

Al enterrar mi inocencia

he derramado una lágrima.

Mota de polvo ya seca

que se convierte en calandria.

Mientras callan estas manos,

que me corten las palabras

muertas de tanto silencio

y duerme la madrugada

soñando con mil farolas.

Mal de altura de las alas,

mal de altura de los sueños,

si la tierra se desangra.

Yo quisiera ser insecto

para arrastrarme sin calma

hacia los pies de la vida.

De la madre desmayada

yo no olvido el alarido.

Cual gusano de mi entraña

quisiera desconocer

los tambores de las armas,

almas en pena de gloria

que gritan si todos callan.

Los gusanos ya sonríen

cuando los hombres se matan.

Con estos versos no puedo

darle a la vida la espalda.

Con este poema quiero

darle a la muerte la nada.