El cuento

El cuento

Las palabras y los silencios se encadenan juntos bajo la complicidad de la pluma y del diálogo porque en toda historia convive un hilo argumental tan desnudo que es capaz de ser captado por cualquier mirada distraída y una voz subterránea que traza entre líneas el verdadero sentido de un mensaje. Por norma general nos contentamos con llegar hasta el primer peldaño, mientras que unos pocos se afanan por escalar hasta el último rellano de esa escalera llamada libertad de conciencia. Llamamos con disimulo a la puerta semiabierta de la cultura con la esperanza de que nadie nos oiga, ni se nos abra de golpe. ¿Qué vamos a hacer en una habitación tan extraña para nosotros, si estamos acostumbrados a pasar de puntillas por este mundo? ¿Qué se nos ha perdido en el baúl de las letras, si buscamos una existencia tranquila ajena a remordimientos de espíritu? En la caja de Pandora estaban encerrados todos los males de este mundo sin ninguna posibilidad de que alzaran su vuelo entre los humanos a no ser que alguien hurgara en lo desconocido. Siempre existe ese alguien cuya mano curiosa deja escapar los misterios, ese nadie que mete las narices donde nadie le llama para contagiarnos esa dejadez que nos vence siempre sin ningún tipo de esfuerzo. Tal vez sea por esta razón por la que el hombre se deja arrastrar por la corriente sosegada de una novela y siente reparos ante el esqueleto inacabado de un cuento. Pero, ¿qué niño no se ha quedado prendado por esas batallas imaginarias que un abuelo está dispuesto a derramar gota a gota en el oído maravillado de su nieto?

Prácticamente nadie vive del cuento, mientras que muchos sí lo hacen entre las vidas paralelas de la novela, fundamentalmente porque el hombre de hoy en día está tan abrumado por las circunstancias que lo rodean que procura evadirse hacia un mundo soñado o verosímil capaz de alojarlo en los confines del olvido y en las garras inocentes de la ficción. En cambio, Eloy Tizón afirma en la orilla opuesta de esta misma realidad que: la riqueza del cuento, por paradoja, es lo que tiene de pobreza voluntaria, de renuncia a agotar cualquier tema. La literatura se asienta en las telarañas tenebrosas de la vida y la vida es tan sólo una versión más dentro de las múltiples caras de la literatura. Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre concita en un mismo estrado tres modos diferentes de vida: la vida terrenal, la vida eterna alcanzada después de la muerte y la vida de la fama ganada por uno a pulso gracias a los innumerables méritos contraídos a lo largo de los años. Actualmente el hombre no es tan riguroso a la hora de conceder este último modus vivendi, ni tampoco hace falta un currículo muy amplio para engrosar la lista de los agraciados. Dejando al margen a unos cuantos que son fieles a la tradición de hacerse un hueco por sus hechos, en muchas ocasiones la fama se descorcha como una botella de refresco que empapa a todos con ese ímpetu inicial que rápidamente se consume. Estas líneas venían inspiradas por una reivindicación del cuento como género literario nunca menor y termina engarzando la vida y la ficción por medio de ese puente estrecho por el cual desfilan muy pocos cuentistas, aunque sí muchos que viven del cuento.