Amor y amistad

Amor y amistad

Es una verdad muy encomiable que uno vaya revisando aquellos preceptos por los que ha luchado toda una vida. Es bastante útil adecuarlos a unos tiempos que corren más deprisa de lo que uno quisiera, de modo que las aseveraciones rotundas son cada vez más relativas. En muchas ocasiones quedan en entredicho. Me voy a referir a las relaciones particulares entre la amistad y el amor como dos amantes despechados que no pueden vivir en parte el uno sin el otro. La mayoría de la gente ha sentido en sus propias carnes la máxima apuntada por Colton que reza así: “La amistad acaba a menudo en amor, pero el amor no termina nunca en amistad.” Recuerdo como la inocencia de los primeros años no contemplaba estas disquisiciones tan profundas para un alma tan simple. Ni siquiera era consciente del papel tan destacado que ejerce el hombre cuando se relaciona en sociedad. Desconocía la verdadera identidad de la noción de amistad y me aferraba a un mundo tan reducido como mi experiencia en la selva despiadada de la existencia. Me aferraba a recuerdos amables o tropiezos dolorosos. Pero con el caminar alegre de los tiempos uno llega a comprender que la vida tiene más sustancia si se comparte con otro ser humano o con otros, ya sea del mismo sexo o no. Me llama la atención la afirmación rotunda que ronda por la calle de que un hombre no puede ser amigo de la mujer porque siempre espera el premio de la carne y, sin embargo, la mujer puede perfectamente entablar una relación amistosa con el sexo opuesto. La sabiduría popular a veces tiende a la hipérbole y no siempre arranca las respuestas acertadas.

Toda expresión tiene su parcela de verdad y toda regla tiene sus excepciones. Tampoco comparto ni creo a aquellos que se jactan de gritar a los cuatro vientos que tienen infinidad de amigos, pues a los amigos hay que cuidarlos y el día hasta ahora, a no ser que la ciencia lo remedie, consta tan sólo de 24 horas. Más vale la calidad que la cantidad, ya que muchas veces la cantidad se confunde con la etiqueta más amplia de conocidos. Uno puede conocer a mucha gente, pero en realidad hay contadas personas que discurren bajo las mismas directrices, mantienen las mismas afinidades. Cuando mezclamos este cócktel con el amor llegamos a la conclusión de que no hay amistad después del amor, cuando lo que suele ocurrir es que la amistad empieza a morir en el mismo instante en que el amor decae, amor y amistad se confunden en torno a la rutina que como decía Juan Bonilla tarde o temprano termina cayéndosele la T. En tales circunstancias, en un mundo en el que reina la ausencia de compromisos, quisiera arrojar una lanza a favor de estos dos grandes generadores de esperanza, esos monstruos vitalistas que nos instan a seguir vivos y a sentirnos seres humanos. Una vez escribí el siguiente poema que sintetiza la realidad del momento: Hay amigos de una cara / y otros / de cara y cruz. / Hay amigos que pasan / como las horas / sin detenerse / y un tiempo que borra / hasta los nombres. / Y pocos que se crecen / ante las adversidades. / Hay enemigos / que se aferran a las adversidades / como un reloj al tiempo / y otros que pasan / como las horas / sin detenerse.