La espuma ciega de la fama

La espuma ciega de la fama

El español de a pie y el español sentado tienden a tocar los extremos con una facilidad asombrante. No es de extrañar que encumbremos a cualquiera a la cúspide de la cima o lo arrojemos al pozo sin fondo de la sima en un abrir y cerrar de ojos. España está repleta de héroes y villanos encarnados en una misma figura bajo el baremo exclusivo de los aciertos o errores momentáneos de cada uno. Ya Jorge Manrique, en sus Coplas a la muerte de su padre, establecía tres tipos de vida: en una concepción cristiana de la existencia comienza después de la muerte la vida eterna que ponía de manifiesto el paso fugaz del hombre por este mundo; la vida terrenal dejaba de ser antesala previa al reino de los cielos al vislumbrarse los primeros síntomas del antropocentrismo donde el ser humano se lanzaba a la calle para gozar y disfrutar de todos aquellos reclamos que se extienden ante su mano y a sus pies; finalmente acude a la vida de la fama granjeada gracias a los méritos reales que uno ha contraído por su propio esfuerzo. Hoy en día siguen vigentes todos estos tópicos, aunque la realidad ha cambiado en parte el orden de su jerarquía. Ha nacido un tipo de fama diferente al reseñado en las Coplas que entronca directamente con la picaresca humana donde prima la ley del más fuerte, donde no cuenta en absoluto la valía personal o profesional del individuo, sino artificios o juegos pirotécnicos encaminados a fomentar una imagen irreal en el marco de las cámaras de televisión u otros escenarios al uso. Una fama engendrada en las redes de la falsa notoriedad que aspira a ser sinónimo absoluto de la auténtica fama, como estatua que anhela cumplir la misma función que la figura humana.

Vivimos sobre las orillas opuestas de un mismo río sin mencionar acaso que entre ambos lados se tiende un puente capaz de albergar una amplia gama de grises. Contemplamos la realidad desde la óptica de un televisor en blanco y negro y aún no estamos preparados para concebir el color. No es mi intención poner nombres y apellidos a esos seres que pululan abiertamente por los arrabales del éxito, fundamentalmente porque sería descortés y atentaría descaradamente contra la inteligencia de los lectores. Cualquiera conoce más de un caso de esta índole que inmediatamente se ha subido a la parra de su mente sin dar explicaciones de ninguna clase. No es mi objetivo censurar a aquellos artistas o no que con su labor han ocupado un lugar de privilegio en el escenario de nuestras vidas. Más bien al contrario, con mi afán de desmitificar a los dioses caídos de un mal llamado olimpo pretendo antes que el tiempo poner a cada uno en su sitio. Tampoco quiero cebarme en demasía con la prensa rosa que alienta más al dinero que a la información. Todos nos ganamos la vida como buenamente podemos. Sin embargo, no todas las formas son iguales, pues en un mundo donde se generaliza la idea de que el dinero fácil está al alcance de cualquier bolsillo las mentes de los mortales se resienten al no estar respaldadas por una educación fiable. Cuanto más alto te eleven más dura será la caída. Tal vez la envidia de ser pobre me dicte estas palabras. Tal vez el esfuerzo diario por sobrevivir en la selva sin corazón de esta vida no me deje ver más allá de la espuma o la gaseosa de este modus vivendi. Tal vez nacer villano no sea más que otra forma de ser héroe.