Seamos solidarios

Seamos solidarios

Nacemos carne de cañón de la muerte, aunque aspiramos a morirnos de viejo o en su defecto soñamos con ofrecer cobijo a la tierra de la forma más digna posible. Es cierto el dicho popular que reza que para morir sólo hace falta estar vivo. Sin embargo, la naturaleza humana es caprichosa y, junto a los avatares de nuestra existencia, siempre estamos dispuestos a acortar los plazos debido a las imprudencias. El destino es innegociable, pero la letra pequeña hay que leerla con detenimiento y las imprudencias se pagan a precio de oro. Es muy fácil llegar a la sorda conclusión de que estamos hechos de otra pasta y lo que le pasó al vecino no tiene que pasarnos a nosotros. Con esta mentalidad solemos enfrentarnos al mundo y el mundo, tan cansado ya de que tropecemos una y mil veces con la misma piedra, se lava las manos. Cada día está más claro que nuestro mayor peligro somos nosotros mismos.

La sociedad vive asustada por el terrorismo tanto nacional como internacional, aunque el número de muertes por este motivo pasa a ser testimonial con respecto a las muertes en la carretera. Detesto esta forma de vida, así como la de aquellos que enarbolan los principios de la propiedad en el cuerpo de una mujer. No estoy de acuerdo con la definición de terrorismo doméstico, puesto que el maltrato va más allá de los límites de una casa para concentrarse en la frontera malparada de una figura humana. Tampoco comprendo a aquellos que se amparan en la bebida como medio eficaz para superar los problemas, ya que sólo se solucionan si nos enfrentamos a ellos sin miedos y sin tapujos. Sigo al pie de la letra las palabras de Carmela Greciet cuando uno de sus personajes afirma que: No suelo ahogar mis penas en alcohol, pues sé muy bien que éstas acaban nadando, ni tampoco voy a esgrimir embriaguez para justificarme.

Quisiera concentrarme en los accidentes de tráfico que por ser evitables en la mayoría de los casos encienden mi indignación, pues el peligro no está en la carretera, sino en los conductores que cierran los ojos ante la realidad y no se dan cuenta de que, aunque no exista terrorismo en sus acciones, sí que tienen en sus manos un arma capaz de descontrolarse en la misma medida en que se desconcentra el propietario. Todos tenemos derecho a divertirnos, pero, sin embargo, dejamos de lado los deberes. Hay tiempo para todo y las renuncias son tan importantes como las afirmaciones. Neguémonos a jugarnos la vida por capricho. Ya existen suficientes motivos para que nos envíen al otro barrio como para que nosotros añadamos uno más. Es tan fácil como no beber si se conduce, es tan sencillo como no correr si llevamos un volante a nuestro recaudo. No seamos tan listos y tengamos en mente de nuevo a Carmela Greciet: La levísima voz interior que suele recordarme en estos casos que las certezas bajo el efecto del alcohol parecen sólidas, pero son sólo líquidas. Seamos más sólidos y solidarios.