La muerte y la vida

La muerte y la vida

La literatura se nutre de muy pocos temas centrales a lo largo de toda su trayectoria: el amor, la vida, el tiempo y la muerte. La existencia del hombre se mueve por los mismos derroteros que las letras. Sin embargo, vende más la tragedia que la alegría, puesto que la primera se siente de una manera profunda y la otra se vive, nos dejamos llevar por ella. Hoy se agolpan en la memoria las palabras que salieron de boca de un poeta cuando abordó el tema de la muerte en su lírica. Vino a decir que al principio se adentraba en ese mundo desde la distancia, desde la óptima de alguien que piensa que le queda aún bastante tiempo de vida. Era un tema más como cualquier otro que formaba parte de su poesía, pero cuando la vivió de cerca no tuvo más remedio que asumirla con todo el dolor de su alma. Primero el destino se entretuvo con su padre. La mano de su progenitor momentos antes había latido débilmente en la palma caliente de su mano que se negaba a afrontar la realidad de la muerte. Después le tocó el turno a su mujer. Cito textualmente a Jesús Fernández Palacios: «Es cierto que uno no puede escribir sobre su propia muerte, pero en realidad lo está haciendo cuando un ser querido se nos muere.» Todos estos argumentos surgen a raíz de la muerte de un vecino de Benalup-Casas Viejas hace unas semanas. Dejó a una mujer viuda y dos hijos. ¿Qué se puede decir en esos casos? ¿Realmente existe una palabra al menos que no sobre en esos momentos? Conocía a la familia y fui a verlos, pero a la hora de la verdad sólo hice acto de presencia en su casa, porque pensaba que en esas circunstancias todas las palabras sobran y el silencio a veces cuenta más que un discurso sentido. Demasiada carga portaban encima como para atender las amables voces de quienes con sus gestos le recordaban la tragedia. ¿No es preferible hacerse notar simplemente con la presencia de uno?

El silencio puede gritar un discurso similar a éste: Estoy contigo, Lorena y familia, pero qué puedo decirte que tú no sepas. Ahora mismo no existen palabras para el consuelo. Sin embargo, ¿quién no ha oído la expresión de que cuando se cierra una puerta, Dios se apresura a abrirnos una ventana? La vida nos quita la vida, pero no las ganas de vivir. Y cuando nos quita algo, tarde o temprano nos recompensa. Así que ya sólo queda la recompensa, el estribillo presente de seguiré viviendo, aunque sea lo último que haga. Estos acontecimientos me han ayudado a comprender el verso de Miguel Hernández ante la muerte de su mejor amigo: no perdono a la muerte enamorada. Al fin y al cabo todo en la vida y en la muerte es un acto de amor. No quisiera despedirme de mis lectores sin hacer mención de un accidente de tráfico ocurrido en las proximidades de Benalup en el que un joven y su abuelo se toparon de lleno con la muerte. Estoy con ellos a pesar de mi silencio. También tengo que referirme a unos amigos que iban en el otro coche: María José y Rafa, Eli y Manuel. No toda la columna iba a estar empañada con la niebla de la muerte. A ellos les ha sonreído la vida.