Septiembre

Septiembre

El hombre mantiene la costumbre de institucionalizar las fechas con el fin de que no le sorprenda nada, de no quedar despistado en ningún momento, ni permanecer en fuera de juego. Improvisar está muy bien visto, aunque es preferible tener todo más que planeado sin que nos falte el más mínimo detalle. Todos estamos de acuerdo en afirmar en público que nos encantan las sorpresas, pero a la hora de la verdad preferimos caminar sobre suelo firme. La Navidad viene con un turrón bajo el brazo. La cuesta de enero no hay quien la suba sin dejarse algo en el empeño. La primavera explota de alegría ante nosotros y se abren las hojas del amor. Miramos el verano de reojo para contemplar cómo nos esperan impacientes las playas y las vacaciones, mas llega muy pronto el dichoso septiembre que nos conduce irremediablemente a la rutina. Este mes presenta varias connotaciones que nos dan una de cal y otra de arena. Por un lado, se anuncia la vuelta al colegio de los niños que supone un descanso merecido para los padres. De otro, se reabre una novedosa cuesta de enero con la compra del material escolar que está por las nubes. Es una época tan celestial que descansa en la ironía del lema político de que la educación debe ser gratuita. Sin embargo, me llama la atención una noticia aparecida recientemente en una sociedad marcada actualmente por las estadísticas. Septiembre es el mes donde se produce mayor número de divorcios y las razones que se esgrimen para justificar este hecho obedecen a que durante las vacaciones las parejas no tienen más remedio que convivir durante más horas al día. Resulta que el trabajo es beneficioso para el mantenimiento de la paz conyugal.

La convivencia excesiva más que asentar el amor entre dos personas lo que hace es llevarlo a la ruina. Nos damos cuenta de que no nos aguantamos si permanecemos juntos unos días y el hombre patoso no puede ocultar su condición durante tanto tiempo. No sé que ha pasado con esos años en los que uno anhelaba con todas su fuerzas un rato libre para compartirlo con el ser querido, en el que el trabajo distanciaba a las parejas y el amor se alimentaba segundo a segundo. Ahora parece que es la distancia quien mantiene vivo la llama de la pasión y la ausencia se convierte en el reclamo más apropiado para renovar las energías depositadas en la pareja. Vivimos juntos el tiempo suficiente como para aguantarnos. Ni un minuto más. Vivimos en un mundo al revés donde la lógica es una manera de pensar que no conduce a nada bueno.