Continuando con el juego

Continuando con el juego

De vez en cuando uno se tropieza con extraños pasajes de un libro escrito en un lenguaje tan sencillo que encierra en pocas palabras las verdades de este mundo y se da cuenta de que la realidad que nos pintan algunos sectores interesados de la sociedad dista mucho de convertirse en un dogma inamovible. Es muy útil para los poderosos encasillar hasta el último rincón de la existencia para que nada ni nadie te coja desprevenido, para que la ignorancia quede agazapada entre los laberintos poco creativos de la memoria, pues la improvisación es un arma tan lúdica que nos puede dejar en pañales cuando menos te lo esperas. A aquellos que deciden continuar con el juego más allá de sus días infantiles caminan contracorriente y se ven abocados a pagar el precio de una vida rodeada de obstáculos y de incomprensión. ¿Cómo se atreven a poner en tela de juicio la sólida estructura del hombre cimentada en los años de análisis y de estudios? ¿Cómo son capaces de sacar a la luz una variada gama de grises si este mundo está fundado en torno al blanco y al negro, si sólo existen los extremos y el equilibrio es más bien un espectáculo del circo? ¿Cómo pueden convivir el bien y el mal en dos bandos opuestos si nadie es bueno al cien por cien, ni malo en el mismo porcentaje? Todos somos un doctor Jekyll y Mr. Hyde en un solo cuerpo. El edificio de cartón que hemos inventado poco a poco entre todos tiene unos cimientos tan débiles que se derrumban con el soplo de cualquier lobo de cuento. En este escenario lanzo estas reflexiones que dan una idea aproximada de la crueldad del ser humano como animal que necesita devorarse a sí mismo. Los demás no te golpean porque hayas cometido alguna maldad, sino simplemente porque te ven más indefenso o porque no tienes a nadie que te defienda.

El hombre está demasiado tiempo inmerso en el entramado de salvarse a toda costa que abandona al niño que en su día fue y deja el componente lúdico para un último momento que nunca aparece. Estamos obligados a ser adultos con tanta rapidez que no asimilamos el cambio de buena manera, que olvidamos por completo la sonrisa sin saber que el que encuentra esa infancia dormida vive despierto para siempre, duerme tranquilo cada noche.