La lluvia

La lluvia

Nunca llueve a gusto de todos, ya que nos hemos acostumbrado a vivir para nosotros sin mirar más allá de nuestros ombligos, de nuestra frontera personal. La familia como institución se resquebraja, no tanto por motivos religiosos o sociales, sino por puro egoísmo. Ya tenemos bastante con lo nuestro como para atender a los familiares. Nuestras preocupaciones, al perder el mapa de las comparaciones, nos parecen mayúsculas. No nos duele la distancia, ni lo ajeno. La educación corre serio riesgo de muerte al ponerse al servicio de la ley del mínimo esfuerzo. Muere bajo la creencia generalizada de que el sacrificio es mal consejero si no viene bajo el brazo de una recompensa económica. Hemos llegado a ser tan materialistas que nos hemos olvidado hasta de lo material. Sigue lloviendo a pesar de nuestras quejas, aunque no importa demasiado. Todos usamos paraguas porque no nos queremos mojar en nada. Nadie contempla el papel purificador del agua. A veces nos libera, nos limpia las entrañas abriendo la puerta de la conciencia. La nostalgia se nos sube a la cabeza en esos días de lluvia en el que nos transportamos al pasado, a otra época que la divisamos a lo lejos, tan borrosa que ya no nos pertenece.

Me viene a la memoria recuerdos del niño que ya no soy, del niño que no se preocupaba del tiempo, pues tenía toda una vida por delante. El grave problema es que antes no pasaban por mi cabeza estas ideas. ¿Será que me estoy haciendo viejo? Todos envejecemos a una velocidad de vértigo, pero, ¿por qué la vejez no va a tener cosas que enseñarnos? Aprendamos todos los días a divisar nuestro horizonte bajo el prisma de la vejez, pues todo anciano lleva un niño dentro.