Las masas

Las masas

El hombre en masa pierde su identidad y a veces hasta la noción de la realidad. Sin embargo, esta actitud no lo exculpa de sus actos. La pandilla se hace fuerte en grupo, pues cada uno por separado presenta una psicología diferente. No siempre el más fuerte lleva la batuta, sino que a veces es el más débil quien se refugia entre los ecos del resto. Todos se ven abocados a participar de la fiesta, aunque consista en golpear impunemente a un joven cuyo destino le ha jugado la mala pasada de estar en un lugar equivocado a la hora más inoportuna. Puede ocurrir que el jefe de la banda no sea más que un bocazas que necesita estar arropado por unos cuantos sin la suficiente personalidad como para decir basta. En estos grupos cada día es más frecuente que un joven lleve a cuestas una navaja, pues suele resultar muy útil para las fiestas sin darse cuenta de que es una amenaza socorrida cuando la palabra pierde protagonismo en beneficio de la fuerza. Muchos piensan que es la mejor manera de defenderse ante una situación comprometida, aunque yo prefiero salir corriendo cada vez que encuentre la aguja mareada. No cuesta ningún trabajo hacer mutis por el escenario como si nada hubiese ocurrido. Podrán decirme que huir es de cobardes.

Yo les podría responder que nadie gana nada en una pelea, pues hasta el que sale victorioso recibe alguna que otra huella de la contienda. Una huida a tiempo es una victoria que no deja ningún tipo de rasguños. Defiendo el mensaje de la cobardía como la solución menos mala de todas. A francisco Gamboa Pérez no le ha servido ninguna solución, pues nada se puede hacer cuando la sinrazón se apodera del más fuerte, cuando es el grupo quien ataca en ventaja. Hago un llamamiento a la cordura del ser humano que debe aprender a divertirse sin molestar al vecino.

Si tenemos el arma poderosa de la palabra, ¿por qué no aprendemos a usarla? La educación empieza por desenfundar la palabra antes que la navaja.