Entre la Fe y el morbo

Entre la Fe y el morbo

Me sorprende la actitud del ser humano que se inclina con mayor insistencia a la muerte que a la vida. Todos lo hemos visto tras el fallecimiento de Juan Pablo II. No dudo en ningún momento del interés social, histórico y político que despierta su figura, aunque pongo en entredicho que todos los recién llegados al Vaticano para llorar la tragedia se muevan por fidelidad a su persona, pues parece ser una condición del hombre dejarse llevar por el morbo en sus dos acepciones señaladas por el diccionario de la Academia Española: 1. Alteración de la salud del cuerpo, enfermedad. 2. Interés malsano por personas o cosas, o atracción hacia acontecimientos desagradables. En los días previos al desenlace final del Sumo Pontífice hemos asistido a la radiografía pública de la situación expresada en el primer apartado del término definido hasta ver cómo algunos, movidos más por la curiosidad que por cualquier tipo de creencia, sacan a relucir el espíritu cotilla que todos llevamos dentro. Hemos contemplado cómo el ser humano recorre de forma natural las fronteras y los significados, el camino que comprende desde el sentido literal de un término hasta el figurado, desde la buena voluntad hasta la hipocresía.

Somos tan hipócritas que a veces olvidamos la realidad de vivir en un mundo donde la verdadera religión es aquella que no se muestra a los demás, aquella que no tiene por qué sentirse, sino mostrarse al público como un circo en el que dar la cara supone escalar peldaños. Yo abogo por una religión interior en la cual uno sólo tiene que rendir cuentas a sí mismo, donde el espíritu debe ser cultivado en privado, donde la anonimia y el desinterés son las formas más eficaces de alimentar el alma. Las acciones se construyen al amparo del corazón que se entrega a los demás en silencio sin que uno pueda hacer nada por evitarlo, sin que uno pueda gobernar sus propios impulsos. Es cierto que muchos dan su alma por la religión, pero también es significativo que hay personas que se sienten atrapadas por la insensatez. La fe mueve montañas, mas el morbo las escala como si fuese un experto alpinista.