Crisis

Crisis

Hay conceptos como el de la muerte que se toma un tanto a la ligera cuando no nos toca de cerca, pero que viene cargado con todo el dramatismo del mundo en el momento en el que chocamos de bruces con esta realidad. A mí me ha pasado algo similar con la palabra crisis, pues los que la usaban con tanta ligereza parecían encomendarse a la diosa de la hipérbole. No entendía cómo era posible que este término casara perfectamente con los 30, con los 40, con los 50. Podía asociarse a cualquier edad sin ningún tipo de problemas. Desde la distancia de los veintitantos años, la palabra crisis se ajustaba a la idea de cambio que toda persona anhela, a la trasformación que debe seguir todo ser humano a lo largo de su vida gracias al corazón de su experiencia, pero todos hemos salido defraudados en este trance cuando cruzamos por primera vez el puente de la mayoría de edad. El escalón entre los 17 y los 18 años no se había hecho notar.

Sin embargo, hay un momento en la existencia de toda persona en la que empieza a decidirse su futuro, en la que debe tener en cuenta que la decisión que toma va a ser definitiva, en la que el niño se hace hombre y el hombre lucha por hacerse un hueco en la sociedad que le ha tocado vivir. La crisis de los 30 está en alza, pues los jóvenes de hoy en día tardan más tiempo en enfrentarse a sus fantasmas, en desandar la soledad que supone emanciparse, en tomar decisiones propias con la soltura del que no tiene más remedio que decidir por sí mismo. Y uno llega a la conclusión de que en esos momentos sólo hay una clave para salir airosos. Para vencer a la muerte usamos el antídoto que todo hombre ha empleado siempre. Los remedios caseros a veces traen resultados sorprendentes. Para vivir sólo hay que sentir amor por la vida. Para amar sólo hay que dejarse llevar por el corazón. Y en éstas me encuentro, dejándome arrastrar por la vida en busca del amor.