Las alas de Ícaro

Las alas de Ícaro

Cada vez que oigo la expresión tantas veces repetida de que los jóvenes de hoy en día solo conocen sus derechos, pero se saltan a la torera sus obligaciones, no tengo más remedio que gritar a los cuatro vientos que las generalizaciones no son buenas consejeras, pues en todo momento uno puede tropezarse con la horma de su zapato, con una conducta que escape a las etiquetas y desdiga lo que se ha afirmado hace unas líneas. Podremos decir que las excepciones confirman la regla, pero es más saludable declarar que las inquietudes no son patrimonio exclusivo de los adultos, sino que no hay pasaporte, ni D.N.I. para quienes conciben la vida como un compromiso. Hoy quisiera referirme a unos estudiantes de secundaria capaces de compaginar los estudios con un grupo de música que recibe el nombre de Las Alas de Ícaro en clara alusión a la mitología. El hijo de Dédalo escapó con su padre del laberinto de Creta gracias a unas alas de cera que se colocaron sobre los brazos, pero Ícaro fue muy osado y atrevido, y desoyendo los consejos paternos, cuando se vio en el aire, quiso acercarse demasiado al sol y como consecuencia sus alas se derritieron y cayó a la tumba abierta del mar. Estos jóvenes son atrevidos y osados, pero conscientes de sus limitaciones. Saben que las alas sólo sirven para alimentar la ilusión, aunque siempre caminan con los pies en el suelo.

No han caído en los brazos del mar, sino que el jueves 12 de mayo optaron por aterrizar en una pizzería para mostrarnos su repertorio. Tuvieron el apoyo de más de 50 jóvenes dispuestos a llevarlos en volandas en una noche en la que la luna decidió detenerse a escuchar sus canciones, en el que las estrellas posaron en el firmamento para brillar con luz propia en otra ocasión, pues se sintieron cegadas por el espectáculo, en el que el silencio se hizo mudo definitivamente porque no se quería perder la fiesta. Así son los jóvenes cuando se lanzan sobre aquello en lo que creen, sobre la fe incorruptible de unas mentes abiertas al ocio y a la cultura, de unos jóvenes que opinan que la música ya no es un ritmo más o menos movidito y pegadizo, sino que se interesan por aquellas letras que nos cuentan algo, que nos definen como personas. En su voz se rescataron canciones de Duncan Dhu, de Jarabe de Palo, de Hombres G, de Maná, de El canto del loco, de Fito y los Fitipaldis y letras propias que dejan al desnudo la sensibilidad del que la escribe, de un Manuel atento a la vida que lo rodea, dispuesto a trazar con su pluma todo aquello que nos emocione. Sin embargo, va más allá de esbozar la emoción que los detalles de la existencia le entra por los ojos. Tiene la habilidad de emocionarnos en el sentido de movimiento que adquiere este término. Nos mueve y nos conmueve con esos sentimientos que nos llegan a través del oído, que danzan en el aire a través de su voz. Lo mejor de la música no es cantar, sino llegar a crear un mundo de complicidades con el público, pues de esa forma uno sabe que comunica ese diálogo interior que ha sacado a la calle. Las Alas de Ícaro, formado por cuatro componentes que no alcanzan los 18 años, consigue crear ese clima, mientras hace trizas todos esos tópicos que no dejen bien parados a los jóvenes. Las Alas de Ícaro está constituido por el vocalista Manuel, de 17 años; por Balbino, en la guitarra eléctrica, de 15 años; Ángel, en el bajo, de 16 años; y de Jesús, en la batería, de 12 años. La juventud no está reñida con el arte y el arte se siente cómodo entre los jóvenes. Verlos en directo supone contagiarse de esa vitalidad que los empuja a los escenarios y uno se ve abocado a considerarse uno más de la pandilla entre nostalgias y recuerdos que vienen a la memoria a resucitar nuestras vidas para confirmar el dicho de que la música amansa a las fieras, al animal que cada uno lleva dentro. La música despierta nuestros sentidos al tiempo que nuestros sentidos se abren a la primavera, al amor y a sus canciones. El viento se siente impotente, pues es incapaz de enfrentarse a Las Alas de Ícaro. Deja entre sus dientes un rumor de aplausos que no cesan.