20 años sin descanso

20 años sin descanso

Se abre el telón. A lo lejos resuenan los ecos fantasmas de un pasado que cada año por estas fechas rinde tributo ante el pavimento dolorido de una alameda. Las risas y las lágrimas se reparten por barrios y cada uno de nosotros no ha tenido más remedio que actuar como personaje entristecido de una tragedia improvisada o como figurante alegre de una comedia. Se escucha el rumor sordo de las campanas de una iglesia cuyos fieles besan los pies de un esférico que se erige como actor principal durante ese fin de semana. El maratón de fútbol sala de Benalup-Casas Viejas sale a escena entre bambalinas en una fiesta autorizada para todos los públicos, aunque es en la categoría senior donde las cotas de popularidad se disparan. Hoy vengo dispuesto a hablaros del deporte como un modo de alcanzar el respeto que todo ser humano se merece. Hoy quisiera ponerle nombre y apellidos a este artículo: Daniel Moya Cózar, pues no todos los días uno se enfrenta por vigésima vez al mismo recorrido. Han pasado 4 lustros desde que con 17 años de edad pisara el suelo sabio de la alameda para disfrutar con un balón en la cabeza. Hay quienes llevan la pelota a ras del suelo, mientras otros son capaces de pensar sobre la marcha.

Tal vez haya gente que no esté de acuerdo con mis palabras, que opine que no soy la persona más indicada para poner sobre el papel este homenaje, pues jamás sería objetivo a la hora de ensalzar a un amigo, pero, ¿quién aborda la realidad con objetividad? A la postre todos dejan caer su punto de vista sobre cualquier tema. Sin embargo, mi respuesta es bien sencilla: uno debe sentir lo que piensa para decir lo que siente y estas líneas están escritas con el corazón en la pluma, con la tinta azul de un bolígrafo a modo de sangre derramada por la amistad. Posiblemente Dani no esté conforme con las frases que aquí se apuntan sobre él, pues, a pesar de haber ganado 7 maratones de fútbol sala, a los 37 años, porta sobre sus espaldas la bandera de la humildad. Es de esas personas que prefieren vivir bajo el anonimato que chillar a los cuatro vientos sus trofeos. Es mejor persona por lo que calla que por lo que dice y tanto en el campo como en la vida ha sabido ganar en la derrota lo que otros han perdido en la victoria.

El paso del tiempo es inevitable para todo el mundo, pero soy de los que defienden que los homenajes hay que hacerlos antes de que la memoria caiga bajo la tentación del olvido, antes de que el olvido tenga que recurrir a la memoria para guardar en la retina de la gente el buen sabor del deporte, el aroma libre de quien no debe nada a nadie salvo a su esfuerzo.

No obstante, no quisiera detenerme en la parcela lúdica del jugador que ha representado con orgullo los colores del Casas Viejas, sino que mi intención consiste en caminar más allá de esos límites para ofrecer diversas pinceladas sobre el ser humano que lo respalda. Jaime Gil de Biedma vendría a confesarnos al respecto: Que la vida iba en serio, / uno lo empieza a comprender más tarde/ —como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante—. / Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos / —envejecer, morir, eran tan sólo / las dimensiones del teatro—. / Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra.

Dani tiene muchas horas sobre su espalda, pero engaña al tiempo con la ilusión de un niño cada vez que calza sus pantalones cortos. El niño que fue sigue más vivo que nunca en las travesuras de sus dos hijos. La llama de amor que jamás descansa entre las cenizas del olvido queda encarnada en la figura de su mujer. Siente pasión por los suyos y esa fuerza interior es la que lo convierte en un hombre de carne y hueso. Viene dispuesto a arrostrar con una sonrisa los sinsabores de la vida, pues hay quienes se dejan engullir y atrapar por el personaje que los demás han engendrado de uno mismo. En el caso de Dani el personaje jamás ha sabido ganarle la partida a la persona.