La palabra

La palabra

La palabra dada a alguien en la sociedad en la que vivimos resulta tan barata que casi todos la hemos abandonado por capricho. La arrojamos al suelo con cierta impunidad y, como les ocurre a los céntimos de euro que engalanan el pavimento dolorido de la calle, no nos tomamos la molestia de recoger el guante. La empeñamos con tanta facilidad que deja de tener valor y la desamparamos a su suerte sin darnos cuenta, sin comprender que en cada olvido de palabra vamos perdiendo retales de nuestra personalidad o tal vez constatamos un modo de vida tan individual que no nos importa defraudar a la gente. Pero, ¿en el fondo no nos estamos defraudando a nosotros mismos? Yo pienso que sí, mas soy consciente de que estos planteamientos no suelen desfilar por muchas mentes. Quizá porque en determinados casos no interesa despertar la memoria. Quizás porque vivimos tan inmersos en el egoísmo de mirarnos el ombligo que sólo tenemos tiempo para el goce. Todos conocemos de sobra los derechos que nos amparan, pero pocos le hacen caso a las obligaciones.

No se le presta demasiada importancia a la conciencia, pues estamos marcados en la mayoría de los casos con el gen del olvido. Casi nadie emprende acciones con el fin de sentirse a gusto consigo mismo a no ser que le aporte beneficios materiales. Casi nadie está dispuesto a perder su tiempo para ganar su vida. Casi nadie tiene la paciencia suficiente para recolectar la cosecha de una siembra anterior debido a que ya se le han arrancado las raíces antes de que germinen sus frutos. Recuerdo una anécdota que suele acompañar el principio de un cuento ambientado en una época remota. El rey Arturo se encontraba amenazado de muerte por un gigante que decidió perdonarle la vida si en el plazo de un año era capaz de responder a una pregunta que le había hecho. Tenía que regresar al mismo punto del bosque en el que estaba ahora y, si la respuesta no era la acertada, sólo le quedaba morir aplastado. El narrador de la historia hace un inciso dirigiéndose al público y afirmando que antiguamente la palabra tenía más trascendencia que la propia vida. Era una deshonra no cumplirla. Si hoy en día ocurriese esa escena, uno diría que volvería dentro de un año al mismo lugar, pero en cuanto sintiera lejano el peligro, ya no pondría un pie en ese sitio ni en pintura. Trascurrida esta aclaración, siguió con el curso de la historia. Yo no creo que sea necesario dar la vida por unas convicciones, pero tampoco creo que debamos llegar al otro extremo. Al final he llegado a la conclusión de que empeñar la palabra muchas veces se queda en el empeño.