Enamorarse

Enamorarse

Cuando alguien me comenta que se ha enamorado en una noche de verano, no tengo más remedio que escudriñarlo con desconfianza, pues enamorarse no es un huevo que se echa a freír. Requiere cumplir una serie de etapas que arranca con la atracción física hasta que uno se siente incapaz de vivir sin la persona amada. Esta última sensación es tan falsa que nos la creemos. Al principio uno afronta esa aventura amorosa como un accidente agradable que ha llamado a nuestra puerta con el firme propósito de que puede salir de esa estancia en cuanto se lo proponga sin ningún tipo de problemas. Uno actúa con las defensas activadas hasta que un detalle tonto nos desarma por completo y llegamos a la conclusión de que no podemos vivir sin la persona amada, pero el conflicto se produce cuando, a pesar de que podemos vivir solos, queremos que esa persona forme parte de nuestra propia vida. El hombre aparece como una persona enamoradiza que se muestra propensa a no fiarse ni de su propia sombra, ya que el que más o el que menos soporta sobre sus hombros el peso enorme de un desengaño. Se niega a tropezar dos veces con la misma piedra. Y, sin embargo, cae.

A todos nos ha pasado la circunstancia de conocer hace poco a una persona y tener la certidumbre de que la conocíamos desde hace mucho tiempo. Uno se pregunta por qué no me he tropezado contigo antes. A uno se le iluminan los miedos, pero prefiere correr el riesgo de enamorarse a lamentarse durante toda la vida de haber perdido una experiencia más. Con la edad, aunque resulte contradictorio, uno es más selectivo con las personas, pues ya sabe de antemano qué es lo que quiere o, al menos, es consciente de lo que no desea ni en pintura. ¿Cuándo se da cuenta uno de que se está enamorando? Es bien sencillo. No puede quitarse de la cabeza a la persona amada. Se siente a gusto con sus amigos y, a pesar de ello, se siente solo, siente que le falta un trozo de aliento. La espera se hace impaciente y uno comienza a hacer estupideces que se echa en cara. Vive pendiente del teléfono por si se da la circunstancia de que la otra persona nos llama, cuando hace unas horas que la hemos dejado en su casa. Te entran los miedos a perder lo que no es tuyo y los celos te asaltan como si fueran un ladrón experto. En fin enamorarse es estar en amor cuando el amor aún no ha llegado. Para eso se necesita simplemente más tiempo.