ABAD, MERCEDES. SANGRE (2000)

ABAD, MERCEDES. SANGRE (2000)

La primera incursión en la novela de Mercedes Abad queda representada en Sangre donde los lazos consanguíneos dan sentido a todo el entramado narrativo y la ausencia de libertad en todos sus ámbitos de actuación subyace de forma tan sutil que el lector ha de interpretarlo a través de los gestos, de los guiños sutiles que el narrador va dejando en el camino como una estela de puntos suspensivos sobre los que va saltando y apoyándose el lector. Como en sus libros anteriores éste adquiere un protagonismo innecesario y obligatorio. Mercedes Abad huye despavorida de los mensajes éticos y morales y deja que sus personajes se definen por lo que hacen, por lo que dicen y por lo que piensan sin necesidad de justificarlos.

La protagonista vive en el seno de una familia entregada a la fe espondalaria, una secta religiosa que enseña sus cartas en el tapete de la vida como una manera desgarrada de rebelión, de nadar contracorriente en un clima de asfixia donde nada se hace de forma gratuita. Ni siquiera el paisaje sirve de marco en el escenario de la novela, sino que va más allá de su función primordial, pues toda descripción va encaminada a reflejar de algún modo un estado de ánimo.

Los personajes para soportar los embates de la existencia inventan sus propios espejismos que adoptan la apariencia de real con tanta nitidez que uno puede caer en la trampa. Marina Uribe Cano lleva una doble vida: la lucha diaria con su madre (deberíamos decir contra su madre) y el disfraz de actriz que se ha colocado para defenderse de sus garras, para afrontar el presente con un papel que llevarse a la boca, para refugiarse sin miedo cuando tiene que luchar contra el miedo, para vivir otras vidas que le ensanchen el afán de perspectivas.

La novela presenta una estructura circular: empieza con la visita a un cementerio para adorar la figura del abuelo muerto y termina con la muerte de su madre que se libera gracias al poder persuasivo de los sueños, de un alma que anhela la paz dentro de una plaza donde la infancia juega con unos niños.

Mercedes Abad se revela como una maestra de los diálogos que no sólo hacen pensar a los personajes, sino que es uno quien se detiene a paladear esas resonancias que se repiten en la conciencia. Es una novela de conciencias donde el sarcasmo y la hipocresía campan a sus anchas sin el beneplácito de la palabra, con el dolor de una denuncia que todos tienden a callar. La inocencia se desnuda con tanta impunidad que se despoja de todo su envoltorio onírico y llega a nuestros ojos arrancándonos una carcajada entre lágrimas.

En fin, la literatura de Mercedes Abad deja tanta huella en la conciencia del lector que el humor es el conducto apropiado para que la tragedia derrame todo su esplendor sin que nos tapemos los oídos ante la evidencia, pues la ausencia de libertad entre risas impregna toda nuestra alma y deja el poso profundo de su sabiduría.